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La polarización y la pérdida de espacios de escucha están debilitando lo colectivo. Cuando el diálogo se rompe, se fragmenta la convivencia y se empobrecen las decisiones públicas y organizacionales. En este Hablemos de, reflexionamos sobre la urgencia de reconstruir espacios de encuentro, reconocimiento y mediación, tomando la diversidad humana como base para fortalecer la cohesión social en contextos cada vez más complejos.

 

 

 

En los últimos años, el diálogo social se ha vuelto cada vez más frágil. Las posiciones se endurecen, las diferencias se radicalizan y los espacios de escucha se reducen. La polarización no solo atraviesa la política, sino también las relaciones sociales, las organizaciones, las comunidades y los procesos de toma de decisiones. En este contexto, sostener lo colectivo se convierte en uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

Cuando el diálogo se rompe, lo primero que se resiente es la confianza. La desconfianza hacia el otro que piensa distinto o de aquel que proviene de otra experiencia o contexto, lo que debilita los vínculos y fragmenta la convivencia. En sociedades polarizadas, el desacuerdo deja de ser una oportunidad de construcción y pasa a percibirse como una amenaza. El resultado es un empobrecimiento del debate público y una creciente dificultad para alcanzar consensos mínimos.

Esta ruptura del diálogo tiene consecuencias profundas. En el ámbito de las políticas públicas, se traduce en decisiones desconectadas de las realidades sociales o en medidas impuestas sin legitimidad. En las organizaciones, genera climas de trabajo tensos, bloquea la colaboración y dificulta la gestión de conflictos. En las comunidades, erosiona el sentido de pertenencia y refuerza dinámicas de exclusión y aislamiento.

Uno de los errores más frecuentes frente a la polarización es intentar evitar el conflicto. Sin embargo, el conflicto no es el problema en sí mismo. Las sociedades diversas y complejas son, por definición, escenarios de intereses, visiones y necesidades distintas. El verdadero problema surge cuando faltan herramientas para gestionar esas diferencias de manera constructiva. Allí donde no hay diálogo, el conflicto se cronifica o se expresa de forma violenta, simbólica o silenciosa.

 

Sostener lo colectivo en contextos polarizados exige, en primer lugar, reconocer la diversidad como un hecho constitutivo de la vida social. No se trata de buscar unanimidades artificiales, sino de generar condiciones para que las diferencias puedan expresarse, escucharse y tramitarse. El diálogo no elimina las tensiones, pero permite transformarlas en aprendizajes y acuerdos posibles.

En este sentido, los espacios de encuentro cumplen un papel central. No surgen de manera espontánea ni se mantienen por inercia; requieren diseño, cuidado y voluntad política e institucional. Mesas de diálogo, procesos participativos, instancias de mediación y dinámicas comunitarias son herramientas clave para reconstruir la confianza y fortalecer lo colectivo. Su valor no reside solo en los resultados concretos que generan, sino en el proceso mismo de escucha y reconocimiento mutuo.

Otro elemento fundamental es la escucha activa. Escuchar implica mucho más que oír; supone disponerse a comprender el punto de vista del otro, incluso cuando no se comparte. En sociedades polarizadas, la escucha se vuelve un acto profundamente político y ético. Permite humanizar al otro, romper estereotipos y abrir grietas en discursos cerrados.

Asimismo, sostener lo colectivo requiere liderazgos capaces de facilitar el diálogo, no de exacerbar la confrontación. Liderar en estos contextos implica moderar, mediar y crear puentes, aun cuando ello no siempre genere consensos inmediatos ni réditos rápidos. Es un liderazgo que apuesta por procesos a largo plazo y por la construcción de confianza como base de la convivencia.

Finalmente, es importante decir, que lo colectivo no es un estado dado, sino una construcción permanente. Se fortalece cuando existen reglas claras, canales de participación y una ética del reconocimiento. Se debilita cuando prevalecen la imposición, la exclusión o el silencio. En tiempos de polarización, cuidar lo colectivo no es un gesto ingenuo, sino una estrategia imprescindible para la sostenibilidad social.

Recuperar la palabra, la escucha y el encuentro es condición necesaria para enfrentar los desafíos contemporáneos y para construir sociedades más cohesionadas, justas y capaces de convivir en la diferencia.

 

Equipo Directivo de Asesórate

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En la práctica pediátrica moderna, cada vez resulta más evidente que la calidad de la atención no depende solo del diagnóstico o del tratamiento, sino de cómo se involucra al niño en las decisiones que afectan su cuerpo y su bienestar. Escucharlo, informarlo y permitirle participar no es un gesto de cortesía, sino una necesidad clínica, ética y emocional que fortalece la confianza, mejora la adherencia terapéutica y reduce la ansiedad. Entender al niño como sujeto activo de su propio proceso de salud es un paso decisivo hacia una atención verdaderamente humanizada.
La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por las Naciones Unidas en 1989, consagra su derecho a ser escuchado y a que sus opiniones sean tomadas en cuenta según su edad y madurez. Este principio, conocido como derecho a la participación, no se limita a la escuela o a la vida social: también abarca el ámbito sanitario. Permitir que un niño o adolescente intervenga en las decisiones sobre su salud significa reconocerlo como una persona con capacidad progresiva para comprender, opinar y decidir. Esto no implica trasladar la responsabilidad adulta, sino acompañar su proceso de comprensión y autonomía con empatía y lenguaje accesible.
Los estudios en psicología pediátrica muestran que cuando los niños participan activamente en la elección de pruebas o tratamientos, experimentan menos ansiedad y mayor sentido de control. Esa sensación de control contribuye a su bienestar emocional y físico, y tiene un impacto directo en la adherencia a los tratamientos. En otras palabras, el niño que entiende lo que le ocurre y siente que su opinión importa, coopera mejor, se recupera con más serenidad y desarrolla una actitud positiva frente a la atención médica.
En el ámbito clínico se utilizan tres conceptos que deben comprenderse de manera complementaria: el permiso parental, el asentimiento del niño y el consentimiento del adolescente maduro. El permiso parental es la autorización legal que dan los representantes. El asentimiento, en cambio, es el acuerdo afirmativo del niño, en función de su grado de comprensión. No se trata de una firma en un papel, sino de un proceso de diálogo donde el médico explica, responde preguntas y valida la comprensión del menor. Finalmente, el consentimiento se aplica cuando el adolescente demuestra suficiente madurez para comprender las implicaciones de su decisión y puede asumirla de manera responsable. Este esquema busca equilibrar el respeto a la autoridad familiar con la autonomía progresiva del menor.
El papel del pediatra y del equipo sanitario es fundamental para que esta participación sea real. Implica hablar con el niño en un lenguaje que pueda entender, utilizar apoyos visuales o ejemplos cotidianos, y permitirle expresar dudas o temores. No basta con explicar: es necesario verificar la comprensión, dar espacio a las preguntas y ofrecer alternativas siempre que sea posible. La participación debe ser gradual y adaptada a la edad: en los preescolares puede centrarse en elecciones simples («¿quieres que te escuche primero el pecho o la espalda?»); en los escolares, en decisiones concretas y explicaciones más detalladas; y en los adolescentes, en conversaciones donde puedan implicarse de manera informada y responsable.
Cuando el niño siente que su voz cuenta, cambia la dinámica de la relación terapéutica. Ya no se trata de «pacientes obedientes», sino de participantes activos en su propio proceso de cuidado. Este enfoque fortalece la alianza entre médico, paciente y familia, favorece la comunicación y reduce los conflictos derivados del miedo o la incomprensión. Además, prepara a los niños para la autogestión de su salud en la vida adulta, un aprendizaje esencial en tiempos donde la información médica está al alcance de todos, pero la comprensión crítica sigue siendo un desafío.
Respetar el derecho de los niños a participar en las decisiones sobre su salud es una manera concreta de promover su bienestar integral. Supone reconocer que son capaces de pensar, preguntar y decidir dentro de los límites de su madurez. Cada conversación en consulta puede transformarse en una oportunidad educativa, emocional y ética para enseñarles a cuidar de sí mismos. Escucharles no solo es un deber profesional: es una forma de construir confianza, aliviar temores y preparar ciudadanos más conscientes y responsables de su propio cuerpo.
La pediatría actual no se mide solo en avances tecnológicos, sino en la capacidad de los profesionales y las familias para escuchar y acompañar con respeto. Permitir que los niños participen en las decisiones que les conciernen es sembrar las bases de una salud emocional más sólida y una sociedad más empática. Cuidar de ellos también significa darles voz. Esa es la medicina que cura y enseña: la que convierte cada consulta en un espacio de confianza, diálogo y crecimiento compartido.

 

J. Planchet

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Adelaida StruckLa sociedad actual avanza con rapidez, pero no siempre en la dirección correcta. En nombre de la innovación y la inmediatez, estamos dejando atrás a quienes más tienen que aportar: nuestros adultos mayores. Y no se trata solo de afectos o vínculos familiares, sino también del lugar que ocupan -o ya no ocupan- los profesionales con décadas de experiencia en sus campos.
Hoy en día, muchos hombres y mujeres con trayectorias valiosas, que han construido conocimiento, que han liderado procesos, que han formado generaciones, son invisibilizados simplemente por haber cruzado una cierta edad. La exclusión etaria se ha convertido en una nueva forma de discriminación silenciosa, disfrazada de modernidad. Se pierde así no solo la voz de quienes tienen mucho que decir, sino también la posibilidad de construir puentes reales entre generaciones.
En lugar de conectar a los más jóvenes con los adultos mayores, de generar espacios de retroalimentación, estamos sembrando una brecha que empobrece a todos. Los jóvenes necesitan referentes, acompañamiento, historias que les enseñen a interpretar la complejidad del presente. Y los mayores necesitan seguir aportando, sentirse parte, ser reconocidos en su valor.
No se trata de caridad ni de nostalgia. Se trata de una visión estratégica de futuro. Porque una sociedad que no escucha a sus mayores se desconecta de su historia, de su ética y de su experiencia acumulada. Y una juventud que camina sola, sin diálogo con quienes ya recorrieron el camino, corre el riesgo de repetir errores y perder profundidad.
Desde nuestra mirada, es urgente reconectar a las personas mayores con sus comunidades, con sus colegas, con los espacios donde pueden seguir construyendo significado. No basta con incluirlos: hay que integrarlos desde el respeto y la admiración. Crear oportunidades de participación activa, de intercambio intergeneracional y de valorización del saber vivido.
La edad no debe ser un límite, sino una posibilidad de generar sinergias. Apostar por la conexión es apostar por una sociedad más sabia, más justa y más humana.

 

Adelaida Struck G.

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Las experiencias del presente,además de los profundos cambios que implican las nuevas tecnologías, han acentuado la necesidad y la importancia de atender nuestra Salud Mental y Emocional. Ello implica darle espacio y lugar a lo que sentimos, a lo que pensamos, a lo que esperamos y a lo que deseamos, en forma equilibrada, combinándolo con la realidad y las circunstancias que nos toca vivir.

El reajuste post pandemia, la adaptación a constantes incertidumbres, el foco en el consumismo, el tiempo sumergido en las redes sociales digitales, las noticias alarmantes, las modalidades de empleo online con sobreexigencias, el amor interrogado, la sociedad del cansancio o del vacío, promueven la inmediatez, la superficialidad, la banalidad y el positivismo o pesimismo exagerado, restándole profundidad y responsabilidad a lo que implica vivir y construir una buena calidad de vida. En consecuencia se van acentuando los riesgos de enfermedad física, mental y social.

Urge tomar conciencia, sea en las familias, las escuelas, las empresas, las instituciones y los medios de comunicación, para atender la salud mental y emocional de los miembros de la sociedad. Tal acción que implica educar, orientar, atender y proveer de modelos atractivos y creativos, para cuidar la sanidad mental, la capacidad de pensar con sensatez, como requisito para construir y cuidar nuestra calidad de vida.

Actividades y propuestas que estimulen atender las emociones: saber observarlas, escucharlas, reconocerlas, nominarlas, regularlas, gestionarlas y comunicarlas. Identificar cómo afectan nuestras conductas, aprendizajes, decisiones, el rendimiento y desempeño laboral, nuestra productividad y economía. Admitir que somos en esencia mente y emociones, que partimos de ellas para ser y existir, para aspirar y progresar, de manera que tengamos una vida con sentido, proyectos, ilusiones y que bien valga la pena vivir. Toca entonces empeñarnos todos en construir calidad de vida, para desarrollar la sociedad sana que merecemos.

 

Este tema tratado por nuestra consultora Auxi Scarano forma parte de las investigaciones, áreas de competencia y cursos de formación que ofrece Asesórate.

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