Del impacto a la esperanza: cómo acompañar nuestras emociones
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Después de un evento traumático es normal experimentar ansiedad, miedo e incertidumbre. Comprender nuestras emociones y aprender a regularlas es fundamental para favorecer la recuperación. Las emociones positivas, el apoyo social, el autocuidado y el establecimiento de pequeñas metas ayudan a fortalecer la resiliencia y recuperar la esperanza. Este artículo ofrece herramientas prácticas para acompañar nuestras emociones y reconstruir, paso a paso, un proyecto de vida con sentido y bienestar. |
Cuando vivimos un evento de gran impacto en nuestras vidas, las pérdidas pueden dejarnos un profundo vacío. En estas circunstancias es frecuente experimentar lo que se conoce como estrés postraumático, que puede hacer que nuestro cuerpo permanezca en un estado de hiperactivación, con preocupación constante y miedo intenso. Todo ello desregula nuestras emociones y puede manifestarse en ansiedad por lo ocurrido, por lo que sentimos y por lo que creemos que puede suceder.
La ansiedad es la más común y universal de las emociones. Es una reacción de tensión, sin causa aparente, más difusa y menos focalizada que los miedos. Es importante comprender que la ansiedad es una sensación o un estado emocional normal ante determinadas situaciones y que constituye una respuesta habitual a diferentes situaciones cotidianas estresantes, pero cuando aparece después de un evento traumático tenemos que ayudarnos a controlarla.
La ansiedad pone a prueba nuestra capacidad de regulación emocional, es decir, la habilidad para manejar y equilibrar tanto las emociones negativas como las positivas.
Ambos tipos de emociones contribuyen al desarrollo personal y a la convivencia. Se activan a partir de nuestros pensamientos, situaciones vividas, recuerdos y diferentes estímulos. La complementariedad y proporcionalidad entre las emociones positivas y negativas constituye la base para resolver problemas, mantener relaciones saludables y fortalecer la resiliencia.
Las emociones negativas, como el miedo, la tristeza, la ira, la culpa o la vergüenza, no son «malas», son respuestas adaptativas frente a amenazas o peligros. Sin embargo, cuando se prolongan en el tiempo reducen nuestro repertorio de respuestas y favorecen un pensamiento pesimista, generando una «espiral descendente». Su función es detectar amenazas, movilizar la acción y coordinar nuestras relaciones.
En contraste, y como complemento necesario, las emociones positivas tales como la alegría, la serenidad, el interés, el orgullo, la diversión, la inspiración y el asombro ayudan a minimizar y redimensionar el impacto de las emociones negativas, actuando como verdaderos «amortiguadores». Son el ingrediente clave para la recuperación y el posterior florecimiento, siempre manteniendo el contacto con la realidad. Mientras las emociones negativas nos alertan y estrechan nuestro foco de atención, las positivas amplían la perspectiva y favorecen la construcción de soluciones.
En el transcurrir de los días posteriores a un evento traumático, cuando el impacto emocional está a flor de piel, resulta fundamental reconocer nuestras propias reacciones ante los diferentes estímulos, identificar y gestionar las emociones negativas y, al mismo tiempo, procurar generar emociones positivas mediante pequeños momentos agradables o evocando recuerdos significativos. Todo ello nos ayudará a planificar el día a día e ir recuperando, poco a poco, la esperanza y nuestro proyecto de vida.
Aquí te dejamos algunas recomendaciones para transitar del impacto hacia la esperanza:
- Promueve tus vínculos seguros y de apoyo social ya que, el acompañamiento reduce el riesgo de persistencia de la ansiedad asociada al evento vivido. Procura compartir diariamente algún momento con otras personas.
- Practica la gratitud cotidiana. Por ejemplo, realiza un breve registro de tres cosas significativas que hayan ocurrido durante el día. Este ejercicio ayuda a contrarrestar la tendencia a centrar la atención únicamente en las amenazas.
- Trabaja la esperanza mediante metas pequeñas y alcanzables que te permitan recuperar una rutina diaria. Tener un sentido de dirección disminuye la sensación de indefensión y favorece un afrontamiento más saludable.
- Identifica tus fortalezas personales y utilízalas de manera intencional en las actividades cotidianas, tanto para cuidar de ti mismo como para ayudar a otras personas.
- Incorpora ejercicios breves de respiración, relajación y regulación emocional como parte de tu autocuidado, especialmente cuando la sensación de hiperactivación sea intensa.
- Favorece actividades con sentido, propósito y compromiso. El bienestar no depende únicamente de reducir los síntomas, sino también de reconstruir una vida valiosa y significativa.
- Modera el consumo de noticias e identifica los momentos de rumiación mental. Sustitúyelos por actividades de autocuidado como caminar, visitar a un ser querido, cocinar o realizar alguna actividad que disfrutes.
Como planteamiento final recuerda, que la vida es un reto permanente, para ir desarrollando nuestros recursos para ser cada vez más resilientes, así como, para construir una actitud valorativa de todos los recursos personales y relacionales que tenemos.

Dra. Maria Elena Garassini