Archivo para el
‘Social’ Categoría

 

Vivimos rodeados de noticias, videos, opiniones y mensajes que circulan a una velocidad nunca antes vista. Sin embargo, estar permanentemente conectados no siempre significa comprender mejor la realidad que vivimos. En tiempos de sobreinformación, aprender a detenerse, analizar y pensar críticamente se ha convertido en una necesidad fundamental para comprender lo que ocurre, tomar decisiones más conscientes y construir una ciudadanía más responsable.

 

 

Nunca antes en la historia habíamos tenido acceso a tanta información como en la actualidad. Noticias, imágenes, videos, opiniones y análisis circulan de manera constante a través de teléfonos móviles, redes sociales y plataformas digitales. En cuestión de segundos podemos enterarnos de acontecimientos que ocurren en cualquier parte del mundo. Sin embargo, esta abundancia informativa no necesariamente se traduce en mayor comprensión.

Vivimos en una época marcada por la velocidad. La información llega de forma continua y acelerada, compitiendo permanentemente por captar nuestra atención. Titulares breves, contenidos diseñados para viralizarse y mensajes cada vez más inmediatos condicionan la manera en que interpretamos la realidad. En muchos casos, consumimos información sin detenernos a reflexionar sobre ella.

El problema no radica en la cantidad de información disponible, sino en la forma en que la procesamos. La dinámica digital favorece la rapidez y la reacción inmediata, pero no siempre deriva en la comprensión profunda. Leemos titulares sin revisar contenidos completos, compartimos publicaciones sin verificar fuentes y reaccionamos emocionalmente antes de analizar los hechos.

Esto ha generado una paradoja característica del tiempo actual que vivimos: estamos constantemente informados, pero no necesariamente comprendemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Con frecuencia confundimos el acceso a datos con conocimiento real. Saber algo de manera superficial no equivale a entender sus causas, consecuencias o implicaciones.

Las redes sociales han transformado profundamente la manera en que las personas se relacionan con la información. Hoy las noticias suelen circular acompañadas de emociones intensas, discursos polarizados y respuestas inmediatas. La lógica digital premia la rapidez, la visibilidad y el impacto emocional. En este contexto, el pensamiento pausado pierde espacio frente a la necesidad constante de reaccionar.

La sobreinformación también puede generar cansancio mental. El exceso de estímulos produce saturación, dificulta la concentración y fragmenta la atención. Saltamos rápidamente de un contenido a otro mientras intentamos mantenernos actualizados sobre múltiples temas al mismo tiempo. Esta dinámica puede reducir nuestra capacidad de análisis y limitar la reflexión profunda sobre fenómenos sociales, políticos, económicos o culturales.

A esto se suma el problema de la desinformación. Las noticias falsas, las imágenes manipuladas y los contenidos fuera de contexto se difunden con enorme facilidad en entornos digitales. Pero incluso cuando la información es verdadera, la falta de contexto puede conducir a interpretaciones erróneas. Una cifra aislada, un fragmento de video o una frase sacada de contexto pueden modificar completamente la percepción de una realidad.

Frente a este escenario, pensar críticamente se convierte en una habilidad esencial. El pensamiento crítico no implica desconfiar de todo, sino desarrollar la capacidad de analizar, contrastar y reflexionar antes de asumir una información como cierta. Significa preguntarse quién comunica, desde qué contexto, con qué intención y sobre qué evidencias.

También supone reconocer que nuestras propias creencias influyen en la manera en que interpretamos la información. Muchas veces tendemos a aceptar con mayor facilidad aquello que confirma nuestras ideas previas y rechazamos lo que las contradice. Las plataformas digitales, además, suelen reforzar este fenómeno mediante algoritmos que muestran contenidos similares a los que ya consumimos, creando burbujas informativas que limitan la diversidad de perspectivas.

Pensar en tiempos de sobreinformación requiere recuperar algo que parece cada vez más escaso: el tiempo para reflexionar.

Comprender exige detenerse, leer más allá del titular, escuchar otras miradas y aceptar que muchas realidades son complejas y no pueden explicarse en mensajes de pocos segundos.

Por ello, educar para la lectura crítica se ha convertido en una necesidad urgente. No solo en escuelas y universidades, sino también en la vida cotidiana. Aprender a verificar fuentes, distinguir hechos de opiniones y reconocer contenidos manipulados son habilidades fundamentales para desenvolverse responsablemente en el entorno digital actual.

La información tiene un enorme poder. Puede educar, conectar y transformar positivamente a las sociedades. Pero también puede generar miedo, confusión y polarización cuando se consume sin reflexión ni análisis crítico. En este contexto, el verdadero desafío contemporáneo no consiste únicamente en tener acceso a información, sino en desarrollar la capacidad de pensar sobre ella.

En una época donde todo parece acelerarse, detenerse a pensar puede convertirse en uno de los actos más necesarios y valiosos de nuestro tiempo.

 

Equipo Directivo de Asesórate

READ MORE →
 

En un mundo como el que vivimos, donde la inteligencia artificial, la tecnología y los cambios laborales avanzan a gran velocidad, aprender ya no es una etapa de la vida, es una necesidad permanente. Hoy, mantenerse actualizado no depende de la edad, sino de la disposición para adaptarse, reaprender y transformar la experiencia en una herramienta para seguir creciendo personal y profesionalmente.

 

Durante mucho tiempo, la sociedad nos enseñó que aprender tenía etapas definidas. Primero estudiábamos, luego trabajábamos y, luego llegaba una etapa de estabilidad en la que el conocimiento adquirido parecía suficiente para toda la vida. Sin embargo, el mundo actual ha cambiado profundamente esa lógica.

Hoy vivimos en una realidad marcada por transformaciones tecnológicas, económicas y sociales que evolucionan a una velocidad sin precedentes. La inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de trabajo y la digitalización están modificando profesiones, rutinas y maneras de relacionarnos. En este contexto, aprender dejó de ser una actividad limitada a la juventud para convertirse en una necesidad a lo largo de toda la vida.

La idea de “ya estudié, ya me formé” comienza a perder sentido. Cada día aparecen nuevas herramientas, nuevas dinámicas laborales y nuevas formas de comunicación que exigen actualización constante.

Este fenómeno, no debe entenderse, sin embargo, como una presión o una amenaza. Es la oportunidad para reinventarse, descubrir nuevas habilidades y mantenerse activo intelectual y socialmente.

Uno de los mayores desafíos actuales es el miedo a quedarse atrás. Muchas personas sienten inseguridad frente a los cambios tecnológicos porque perciben que el mundo avanza demasiado rápido. Esta sensación afecta especialmente a quienes creen que aprender nuevas herramientas digitales o adaptarse a nuevas dinámicas laborales pertenece exclusivamente a las generaciones más jóvenes. Sin embargo, la experiencia acumulada sigue teniendo un enorme valor.

El aprendizaje continuo no significa comenzar de cero constantemente, sino integrar nuevos conocimientos a la experiencia previa. Las habilidades humanas como la capacidad de análisis, la empatía, la comunicación, el pensamiento crítico o la resolución de problemas siguen siendo fundamentales y difícilmente reemplazables. Lo que cambia es la necesidad de complementarlas con nuevas competencias que permitan desenvolverse en escenarios distintos.

Además, aprender no solo tiene implicaciones laborales. También fortalece la autonomía, la autoestima y la participación social. Diversos estudios han mostrado que las personas que mantienen procesos de aprendizaje activo desarrollan mayor capacidad de adaptación emocional, mejoran su confianza y preservan con mayor fortaleza sus capacidades cognitivas.

Este cambio cultural también obliga a replantear la manera en que entendemos la edad. Durante años se asumió que determinadas etapas de la vida estaban asociadas a la productividad y otras al retiro o la pasividad. Hoy observamos una realidad diferente. Personas de 50, 60 y más años continúan formándose, emprendiendo, participando en proyectos y aprendiendo nuevas herramientas tecnológicas. La longevidad contemporánea está transformando la relación entre edad, conocimiento y participación social.

Sin embargo, hay que considerar que no todas las personas tienen las mismas oportunidades para acceder a procesos de actualización y formación. Existen brechas económicas, educativas y tecnológicas que pueden generar exclusión. Por ello, uno de los grandes retos sociales actuales consiste en democratizar el acceso al conocimiento y promover espacios de aprendizaje accesibles, flexibles e inclusivos.

También es importante comprender que aprender no siempre significa acumular títulos o certificaciones. Muchas veces implica desarrollar nuevas maneras de pensar, ampliar perspectivas, cuestionar hábitos o incorporar habilidades prácticas para la vida cotidiana. Aprender puede ser escuchar, observar, dialogar, investigar y mantenerse intelectualmente curioso frente al mundo.

En tiempos donde la información cambia rápidamente, la capacidad de adaptación se ha convertido en una de las herramientas más valiosas para enfrentar la incertidumbre. Las sociedades que fomenten el aprendizaje permanente estarán mejor preparadas para responder a los desafíos tecnológicos, económicos y humanos que caracterizan esta época.

Quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino cultural. Aprender toda la vida implica asumir que nunca dejamos de transformarnos. Significa entender que la experiencia y la actualización no son opuestas, sino complementarias. Y, sobre todo, reconocer que mantenerse abierto al aprendizaje es una manera de seguir participando activamente en el presente.

En un mundo en constante cambio, la verdadera ventaja no siempre será saber más que otros, sino estar dispuesto a seguir aprendiendo.

 

Equipo Directivo de Asesórate

READ MORE →
 

Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, millones de personas experimentan sentimientos de soledad y desconexión emocional. En una sociedad hiperconectada, la presencia digital no siempre garantiza vínculos reales. Comprender hoy, cómo se construyen las relaciones humanas es clave para reflexionar sobre bienestar emocional, comunidad y sentido de pertenencia.

 

 

 

Vivimos en una época donde la comunicación parece no tener límites. Mensajes instantáneos, videollamadas, redes sociales y plataformas digitales nos permiten interactuar con personas en cualquier lugar del mundo en cuestión de segundos. Sin embargo, detrás de esta hiperconectividad emerge una realidad cada vez más visible: muchas personas se sienten profundamente solas.

La soledad contemporánea no siempre significa ausencia física de personas. Muchas veces aparece incluso rodeados de mensajes, contactos y actividad digital constante. Se trata de una sensación más profunda relacionada con la falta de vínculos significativos, escucha genuina y espacios de conexión emocional real.

La paradoja es evidente. Cuanto más conectados estamos tecnológicamente, más dificultades parecen surgir para construir relaciones profundas y sostenibles. Parte de este fenómeno está relacionado con el ritmo acelerado de vida actual. Las jornadas extensas, el estrés cotidiano, la presión laboral y la hiperconectividad permanente dejan cada vez menos espacio para conversaciones pausadas y encuentros significativos.

Las redes sociales también influyen en esta dinámica. Aunque permiten mantener contacto y compartir experiencias, muchas veces promueven relaciones rápidas, superficiales y centradas en la imagen. La comparación constante con la vida aparentemente perfecta de otros puede aumentar sentimientos de aislamiento, insuficiencia o desconexión emocional.

Además, la vida digital ha transformado la manera en que expresamos emociones. En muchos casos sustituimos conversaciones profundas por interacciones breves, reacciones inmediatas o mensajes rápidos. Poco a poco, el diálogo cara a cara pierde espacio frente a la comunicación fragmentada.

La soledad afecta a todas las edades, aunque se manifiesta de formas distintas. Jóvenes hiperconectados pueden sentirse emocionalmente aislados a pesar de tener cientos de contactos digitales. Adultos enfrentan dificultades para equilibrar trabajo, familia y vida social. Personas migrantes experimentan el desafío adicional de reconstruir vínculos lejos de sus redes de origen. Y muchas personas mayores viven procesos de aislamiento relacionados con cambios familiares, jubilación o pérdida de espacios de participación social.

En los últimos años, distintos organismos internacionales han comenzado a advertir sobre el impacto de la soledad en la salud física y emocional. El aislamiento prolongado puede afectar el bienestar psicológico, aumentar niveles de ansiedad y estrés, e incluso influir en la salud cardiovascular y cognitiva. La soledad no es únicamente una experiencia emocional individual; también constituye un reto social y comunitario.

Por ello, resulta importante diferenciar entre estar solo y sentirse solo. Existen personas que disfrutan espacios de soledad elegida como forma de descanso, creatividad o reflexión personal. El problema surge cuando la desconexión emocional se vuelve persistente y genera sensación de vacío, incomprensión o falta de pertenencia.

Frente a esta realidad, reconstruir vínculos humanos significativos se convierte en una necesidad fundamental. Escuchar con atención, recuperar espacios de encuentro, fortalecer comunidades y generar conversaciones auténticas son acciones que adquieren un enorme valor en una sociedad acelerada y digitalizada.

También es necesario repensar cómo construimos comunidad. Durante mucho tiempo, los vínculos sociales se desarrollaban principalmente en espacios presenciales: vecindarios, plazas, escuelas, asociaciones o encuentros familiares frecuentes. Hoy muchas de esas dinámicas han cambiado, y eso obliga a crear nuevas formas de conexión social más conscientes y humanas.

La tecnología no es el problema en sí misma. De hecho, puede acercar personas, mantener relaciones a distancia y generar redes de apoyo valiosas. El desafío consiste en evitar que la conexión digital sustituya completamente la profundidad de los vínculos humanos reales.

Quizá uno de los mayores retos contemporáneos sea precisamente aprender a convivir en medio de tanta velocidad sin perder la capacidad de escuchar, acompañar y construir relaciones auténticas. Porque al final, más allá de la tecnología y las pantallas, las personas seguimos necesitando sentirnos vistas, comprendidas y parte de algo más grande que nosotros mismos.

En tiempos de hiperconectividad, cuidar los vínculos humanos puede convertirse en una de las formas más importantes de bienestar colectivo.

Equipo Directivo de Asesórate

READ MORE →
 

 

Investigar no debería terminar únicamente en un artículo o un informe. En contextos sociales complejos, el conocimiento cobra sentido cuando se transfiere, se aplica y genera impacto. En este Hablemos de “Cuando investigar no es solo publicar: conocimiento que se traduce en acción” reflexionamos sobre la investigación como responsabilidad ética y como puente entre el análisis académico, la acción social y la toma de decisiones.

 

 

 

Durante mucho tiempo, la investigación se ha asociado principalmente con la producción de artículos, informes y publicaciones académicas. Publicar ha sido, y sigue siendo, la forma legítima de validar el conocimiento y compartirlo con la comunidad científica. Sin embargo, en contextos sociales cada vez más complejos y cambiantes, esta lógica llega a ser insuficiente. Investigar hoy, exige ir más allá de la publicación para preguntarse por el impacto real del conocimiento generado.

Las sociedades actuales enfrentan desafíos profundos: desigualdades persistentes, crisis económicas prolongadas, transformaciones demográficas, tensiones sociales y una creciente desconfianza hacia las instituciones. En este escenario, la investigación no puede limitarse a describir problemas; está llamada a contribuir a su comprensión situada y a la búsqueda de soluciones viables. Cuando el conocimiento no dialoga con la realidad social, corre el riesgo de quedar aislado y perder relevancia.

Uno de los principales retos es la brecha que aún se mantiene, entre el mundo académico y los contextos donde los problemas se manifiestan. Con frecuencia, los resultados de investigación no llegan a quienes toman decisiones, diseñan políticas o implementan programas. Esta desconexión no solo reduce el impacto social del conocimiento, sino que debilita la confianza en la investigación como herramienta para la transformación.

Investigar con sentido implica asumir que el conocimiento tiene una responsabilidad ética. No se trata únicamente de cumplir estándares metodológicos o criterios de calidad científica, sino de preguntarse para qué y para quién se investiga. Esta mirada exige procesos de investigación más abiertos, participativos y conectados con los actores sociales involucrados, reconociendo sus saberes, experiencias y necesidades.

 

En este marco, cobra relevancia la investigación aplicada y situada, aquella que parte del diagnóstico contextual, dialoga con los territorios y se construye en interacción con los sujetos de estudio. Este enfoque no renuncia al rigor científico; por el contrario, lo fortalece al incorporar la complejidad de la realidad y al contrastar los marcos teóricos con la experiencia concreta.

Otro aspecto clave es la transferencia del conocimiento. Investigar no termina cuando se publican los resultados, sino cuando estos se traducen en insumos comprensibles y útiles para distintos públicos. Informes ejecutivos, recomendaciones de política, herramientas prácticas, espacios de formación y procesos de acompañamiento son formas de llevar el conocimiento más allá del ámbito académico. La transferencia no simplifica el contenido, lo hace accesible sin perder profundidad.

Asimismo, la investigación orientada a la acción favorece el aprendizaje colectivo. Al vincular investigación y práctica, se generan procesos de retroalimentación que permiten ajustar hipótesis, enriquecer el análisis y mejorar las intervenciones. El conocimiento deja de ser un producto cerrado para convertirse en un proceso dinámico, en permanente construcción.

Es importante destacar que esta forma de investigar requiere tiempo, compromiso y una redefinición de los roles tradicionales. Los investigadores asumen un papel más cercano al de facilitadores del conocimiento y las organizaciones y comunidades se convierten en actores activos del proceso. Esta relación más horizontal contribuye a producir resultados más pertinentes y sostenibles, por lo que, finalmente podemos decir qué, investigar no es únicamente publicar, significa reconocer que el conocimiento adquiere valor cuando se comparte, se discute y se aplica. En contextos de alta complejidad social como los que vivimos en la actualidad, la investigación tiene el potencial de orientar decisiones, mejorar políticas y fortalecer prácticas institucionales. Para ello, debe continuar siendo rigurosa, pero también, abierta, ética y comprometida con la transformación social.

Cuando la investigación se traduce en acción, el saber cobra sentido y se convierte en una herramienta poderosa para afrontar los desafíos contemporáneos.

Equipo Directivo de Asesórate

READ MORE →
 

Gerenciar en tiempos convulsos ya no es una excepción, se ha convertido en la norma. La incertidumbre permanente, la presión social y la escasez de recursos nos obliga a repensar cómo decidimos, lideramos y planificamos. En este Hablemos de… reflexionamos sobre la gestión en contextos complejos, donde seguimos apostando a que la ética, la lectura del entorno y la flexibilidad estratégica son claves para sostener decisiones estratégicas acertadas.

 

Desde hace algunos años venimos constatando que la gerencia ya no se ejerce en escenarios estables ni previsibles. Aquello que antes llamábamos crisis se ha ido integrando en la vida cotidiana de las organizaciones, los proyectos y las instituciones. Cambios acelerados, tensiones sociales, restricciones de recursos y demandas crecientes forman hoy parte del contexto habitual en el que se toman decisiones.

En este nuevo escenario, gestionar ya no consiste únicamente en planificar con antelación o aplicar modelos predefinidos. Decidir implica hacerlo con información incompleta, bajo presión y asumiendo que el entorno puede cambiar en cualquier momento. Por eso, cada vez más, reflexionamos sobre la necesidad de una gerencia capaz de leer el contexto, interpretar señales y actuar con criterio en medio de la complejidad.

Gerenciar en tiempos convulsos supone aceptar que la incertidumbre no es una etapa transitoria, sino una condición permanente. La toma de decisiones ocurre en medio de cambios rápidos, recursos limitados y expectativas sociales elevadas y, donde el impacto humano de cada acción es cada vez más visible. En este marco, liderar deja de ser un ejercicio puramente técnico para convertirse en una práctica profundamente ética y situada.

Uno de los principales desafíos de estos contextos es la tentación de la parálisis o de la reacción inmediata. Ante la incertidumbre, algunas organizaciones optan por no decidir (esperar), esperando que el escenario se aclare. Otras responden de manera impulsiva, copiando soluciones externas o aplicando medidas descontextualizadas. Ambas respuestas suelen generar más fragilidad: la primera inmoviliza, la segunda profundiza errores y debilita la confianza.

 

 

Los períodos convulsos se caracterizan, además, por una presión constante sobre quienes toman decisiones. Las expectativas son altas, los márgenes de error se reducen y las consecuencias de cada acción se amplifican. Esto ocurre tanto en la gestión pública como en organizaciones sociales, académicas y empresariales. Decidir ya no es solo una cuestión de eficiencia o resultados, sino de responsabilidad frente a personas, comunidades y territorios.

En este escenario, la gerencia necesita repensarse desde nuevas claves. Una de ellas es la lectura de contexto. Comprender el entorno social, político y económico, así como las dinámicas internas de los equipos y las comunidades con las que se trabaja, se vuelve tan importante como el análisis financiero o normativo. Sin un diagnóstico situado, las decisiones difícilmente serán sostenibles en el tiempo.

Otra clave fundamental es la flexibilidad estratégica. Gerenciar en tiempos convulsos no significa improvisar, sino diseñar estrategias capaces de adaptarse, revisarse y ajustarse de manera continua. Los planes rígidos tienden a fracasar cuando la realidad cambia más rápido que su implementación. En cambio, los enfoques flexibles permiten aprender del proceso, corregir el rumbo y mantener la coherencia sin perder el sentido.

La escucha activa ocupa también un lugar central. En contextos complejos, las decisiones no pueden construirse desde una lógica vertical y aislada. Incorporar las voces de los equipos, de los actores sociales y de los territorios no solo mejora la calidad de las decisiones, sino que fortalece su legitimidad y sostenibilidad. Escuchar no debilita el liderazgo; lo humaniza y lo hace más efectivo.

Asimismo, la ética y la coherencia adquieren un peso especial. Cuando los recursos son escasos y las tensiones aumentan, las decisiones revelan con claridad los valores que orientan a una organización. Gerenciar en crisis implica priorizar con criterios claros, asumir responsabilidades y sostener la coherencia entre el discurso y la acción, incluso cuando el costo es alto o las soluciones no son inmediatas.

Finalmente, es importante reconocer que liderar en tiempos convulsos no significa tener todas las respuestas. Implica aceptar la incertidumbre como parte del proceso, comunicar con honestidad, generar confianza y construir sentido colectivo frente a escenarios inciertos. La gerencia deja de ser un ejercicio de control absoluto para convertirse en un proceso de orientación, acompañamiento y aprendizaje continuo.

En definitiva, gerenciar cuando la incertidumbre es la norma exige una mirada más integral, humana y contextualizada. No se trata solo de resistir la crisis, sino de desarrollar capacidades para actuar con criterio, responsabilidad y flexibilidad en medio de la complejidad. Porque, en tiempos convulsos, decidir sigue siendo inevitable, y hacerlo desde una gerencia consciente puede marcar la diferencia entre la fragilidad y la posibilidad de transformación.

Equipo Directivo de Asesórate

READ MORE →

El 2025 fue un año en el que Asesórate Consultores Asociados reafirmó su razón de ser: producir conocimiento útil, generar impacto social y fortalecer capacidades para transformar realidades. Un año para consolidar aprendizajes, para tejer nuevas alianzas y para asumir con convicción el compromiso de seguir construyendo una sociedad más justa e inclusiva.

Asesórate se ha ganado un lugar como una entidad que piensa, investiga, diseña, forma y acompaña. Nuestro enfoque siempre ha sido claro: unir la rigurosidad científica con el compromiso social. Desde España y con aliados académicos y sociales en distintos países, hemos impulsado proyectos de investigación-acción, innovación social y formación especializada que responden a retos reales de nuestras comunidades.

Este año avanzamos con un equipo renovado y fortalecido. Nuestra Presidenta y CEO, junto a una Junta Directiva con experticias complementarias —gestión, investigación, datos, pedagogía, comunicación— lideró la consolidación institucional y la proyección estratégica para los próximos años. La incorporación de especialistas externos, según las necesidades de cada proyecto, permitió enriquecer el trabajo con diversidad de miradas profesionales.

Nuestra misión y visión también nos guiaron con claridad: investigar para transformar, formar para empoderar y diseñar tecnologías sociales que mejoren la vida de las personas y amplíen su bienestar. Sobre esta base fortalecimos seis líneas estratégicas de investigación: bienestar emocional postpandemia, derechos humanos, migraciones e interculturalidad, educación y transformación digital, tecnología social y metodologías participativas, y actualización en áreas de conocimiento emergentes.

Fue también un año de proyectos de gran escala. “Voces en Común”, centrado en migraciones, diálogo intercultural, cohesión social e intervención comunitaria en Barcelona, nos permitió seguir profundizando en una temática fundamental de nuestro tiempo. Por otra parte, “VIVIRED”, enfocado en la salud emocional de personas mayores, avanza hacia su primera versión de aplicación móvil para fortalecer vínculos y contrarrestar la soledad no deseada. Y “Mente en Juego – Conecta y Desconecta”, beneficiado por la Subvención Mapfre Ignacio Larramendi, representa una apuesta innovadora para el bienestar emocional y digital de la primera infancia. Finalmente, trabajamos en la propuesta “Barcelona: fronteras que se desdibujan”, que potencia el reconocimiento mutuo en contextos diversos y en transformación. Todos estos proyectos comparten un principio: poner en el centro a las personas y sus comunidades.

La formación fue otra de nuestras fortalezas. Participamos en programas altamente especializados con instituciones académicas como la Academia Nacional de Medicina de Venezuela, la UCAM y la UCAB, abordando temas de frontera: inteligencia artificial en la investigación y la ética científica, derechos humanos de colectivos vulnerables, migración y nuevas formas de ciudadanía. También desarrollamos webinars abiertos al público sobre arbitraje científico, políticas migratorias, planificación basada en impacto y —muy especialmente— un webinar para derribar prejuicios y revalorizar el rol social de las personas de 60 a 80 años: “Más allá del edadismo”.

Nuestra línea de mentorías siguió creciendo, acompañando a investigadores y profesionales en distintas fases de sus proyectos, reforzando el aprendizaje personalizado y la mejora de la práctica investigativa.

En el ámbito editorial, fortalecimos nuestra producción intelectual con la serie “Hablemos de…”, un espacio que acerca el conocimiento experto a la ciudadanía con un lenguaje amable y reflexivo. Los temas abordados —migraciones, memorias sociales, infancia, energías renovables, feminismo, inteligencia digital y más— reflejan la diversidad de voces y perspectivas que hacen de Asesórate una comunidad vibrante y plural.

 

El 2025 también marcó un salto cualitativo en comunicación institucional. Renovamos nuestra página web, actualizamos materiales visuales e informativos y fortalecimos nuestra presencia en redes, ahora gestionadas internamente con nueva visión, estética y estrategia. La identidad de Asesórate creció hacia una imagen moderna, coherente, con mensajes alineados a nuestros valores: rigor, ética, excelencia y humanidad.

Desde la gestión administrativa, cumplimos con las obligaciones legales y fiscales de nuestra asociación, y postulamos nuestros proyectos a convocatorias europeas y españolas, abriendo camino para los próximos ciclos de investigación y financiación.

Los logros de 2025 pueden resumirse en una frase clave: conocimiento que se convierte en acción. Acciones que conectan, que acompañan, que enseñan, que cuestionan y que crean oportunidades para quienes más las necesitan. Y, sobre todo, acciones que se construyen en colectivo.

Miramos al 2026 con entusiasmo y objetivos claros: ejecutar los proyectos que hemos gestado con tanto cuidado, ampliar nuestra red de alianzas, posicionarnos aún más en el ámbito de la innovación social y las tecnologías inclusivas, y expandir nuestra oferta formativa y de mentorías para llegar más lejos y a más personas.

Cerramos este año agradeciendo profundamente. A nuestro equipo por su entrega constante, a las instituciones y organizaciones que confían en nosotros, y a todas las personas que día a día nos inspiran a continuar. Su apoyo hace posible que nuestras ideas cobren vida y que nuestro trabajo tenga sentido.

 

Este año lo hicimos juntos.

El próximo, seguiremos transformando juntos.

Josefa Orfila – Adelaida Struck – Rita Amelii – Mony Vidal – Francisco J Fernandez

READ MORE →

La Navidad es una época que despierta emoción, significa cosas distintas para cada uno de nosotros y, precisamente allí es donde reside su riqueza. Reconocer la pluralidad de sentidos que cada persona le otorga desde su propia historia. En nuestras tradiciones se enlazan recuerdos que nos acompañan toda la vida: los olores de la cocina, las melodías que cada año suenan de fondo, el abrazo de quienes ya no están pero que vuelven en forma de historias y anécdotas compartidas. Recordar es también celebrar, agradecer y reconocer que los vínculos que tejimos siguen vivos en nuestra memoria emocional. En tiempos de cambios acelerados y de desafíos sociales y económicos, la Navidad va más allá de un ritual repetido, nos invita a mirar hacia adentro y a preguntarnos qué nos sostiene, qué valores nos mueven, qué relaciones nos fortalecen y qué sueños queremos hacer realidad.

Para algunas personas es familia, celebración, reencuentros y risas alrededor de una mesa. Para otras, es nostalgia, memoria y silencio. Para muchas, es un tiempo de fe y gratitud y para no pocas, un período en el que la soledad y las ausencias pesan un poco más que de costumbre.

La Navidad no es solo un tiempo personal, también es un espacio social. Reunirse no significa necesariamente grandes fiestas; puede ser el gesto sencillo de una llamada a quien está lejos, una conversación pendiente, una taza de café compartida. Son gestos que dicen: “estoy aquí”. En una sociedad que  en la actualidad nos empuja al individualismo, este tiempo nos recuerda que no caminamos solos, que somos una comunidad, red de apoyo y de cuidado mutuo.  Esta época nos invita a mirar más allá de nuestras fronteras afectivas, a reconocer al vecino, a la persona migrante, al abuelo que vive en soledad, a quien atraviesa una enfermedad o una dificultad económica. Ninguna celebración está completa si olvidamos la empatía que es el puente que nos permite ver la humanidad del otro.

También este tiempo es el momento para imaginar nuevos comienzos. Los calendarios se renuevan y con ellos la posibilidad de soñar diferente. La esperanza no es ingenuidad; es la capacidad de ver la luz aun en los momentos complejos. Es creer que hay un mañana más amable, más justo y más humano. Cada sonrisa que regalamos, cada acto de solidaridad, cada palabra que reconcilia es una semilla y la Navidad nos ofrece el tiempo fértil para sembrarla. La esperanza tiene muchas formas: puede ser el deseo de mayor paz familiar, la ilusión de un proyecto personal que se abre, la convicción de que las heridas también sanan y que las relaciones pueden reencontrarse.

Para quienes viven la Navidad desde la fe, este tiempo trae consigo el mensaje del amor que se hace presencia y de la vida que se renueva. Pero incluso más allá de las creencias religiosas, hay una espiritualidad laica que este tiempo despierta: la búsqueda de sentido, la necesidad de esperanza, el deseo de paz en nuestras vidas y en nuestras sociedades.

Navidad también es preguntarnos cómo podemos ser un espejo de bondad para quienes nos rodean y cómo podemos aportar luz dentro de nuestras posibilidades, desde un gesto sencillo hasta una decisión que transforma. Es un recordatorio de que asumir el compromiso de construir un futuro mejor empieza por pequeños pasos que están a nuestro alcance.

Hoy, cuando las distancias se sienten más cortas gracias a la tecnología, pero las desconexiones emocionales parecen ser más profundas, tal vez sea más necesario que nunca preguntarnos qué es esencial para nosotros, qué merece nuestro tiempo y nuestra atención.

Ojalá que este diciembre no se mida solo en compras o compromisos, sino en los encuentros auténticos. Que regalemos menos cosas y más compañía, menos prisa y más escucha, menos perfección y más cariño genuino. La Navidad puede ser una oportunidad para desacelerar, para volver a conectar con aquello que es importante y para entender que la felicidad se alimenta de vínculos reales y de gestos que nacen del corazón.

Finalmente podemos decir para nosotros, la Navidad es un acto profundo de humanidad y agradecimiento. Reconocer al otro, abrir espacios de cariño, tender la mano y compartir la vida. Es allí, en esas pequeñas grandes acciones cotidianas, donde la Navidad revela su fuerza transformadora. Recordemos que la esperanza sigue viva, que el amor sigue siendo nuestro mayor motor, que toda vida merece dignidad y que la solidaridad nos hace comunidad. En un mundo que a veces se llena de incertidumbre, la Navidad nos recuerda que siempre existe la oportunidad de unirnos, de sanar y de construir juntos un futuro más justo, más empático y más luminoso.

Josefa Orfila – Adelaida Struck – Rita Amelii – Mony Vidal – Francisco J Fernandez

READ MORE →

Este acto de Homenaje a quien lo merece, a quien sigue estando con nosotros, a quien realmente forjó una generación de antropólogos físicos guiados por un conocimiento profundo en la materia, una rigurosidad científica y unas normas del deber, el comportamiento y la puntualidad, cónsonos con un profesional de la investigación, sin lugar a duda valió la pena.

¿Por qué? Porque nos permitió festejar con un motivo sincero, la admiración y el respeto, porque, unió en un solo día, a alumnos, a colegas de distintos confines del mundo, a su familia, siempre con un recuerdo presente en común, la Profe Betty.

Porque contribuyó a que cada miembro de Asesórate, sumara una buena idea, para que el evento fuera un éxito, para que no faltara nadie ni nada, para que nuestra Homenajeada se sintiera en casa. Un ejemplo más que el trabajo en equipo es el que funciona. ¡Gracias!

Porque, además evidencia que el tiempo pasa, pero las personas y sus hechos quedan. Esto es muy importante. Permite discernir con claridad y certidumbre que no equivocaste tu camino, que encontraste en él grandes personas y que caminar juntos, formar equipos, es lo que realza el valor de la ciencia.

Por mi parte, me siento contenta, satisfecha. Puedo decir, un Homenaje que se concibió desde el cariño sincero, la admiración y el agradecimiento a una gran Profesora.

Creo que la mejor forma de escribir este Hablemos del evento, es a varias manos. Paso ahora la pluma a Josefa, quien ha sido artífice en la consolidación de este evento y quien habiendo escuchado las palabras de nuestra homenajeada expresa: “…El resumen que hemos escuchado es una hermosa memoria de su vida. Y precisamente, quiero aprovechar este espacio, para compartir una breve reflexión académica sobre el tema: La utilidad de las memorias en la investigación. La memoria no es solo un recuerdo nostálgico. En la ciencia, la memoria, entendida como la suma de la trayectoria, la experiencia y el legado documentado, es una herramienta esencial. El legado que hoy celebramos de la Dra. Méndez es una prueba irrefutable de ello. En la investigación, especialmente en la Antropología Física o Biológica, la memoria opera en dos niveles cruciales y la Dra. Méndez ha sido un referente constante por su exigencia académica, ética, disciplina y orden en la investigación. Esto es la memoria metodológica en acción. Ella nos ha enseñado que la forma en que se realiza la investigación es tan vital como el resultado. La memoria de su rigor es lo que nos previene de cometer errores del pasado y lo que asegura la calidad de la data hoy. Es su ejemplo de cómo hacer bien una medición, cómo interpretar un dato y cómo mantener la integridad científica. Su compromiso con el orden nos dejó claro que la metodología rigurosa debe ser una memoria institucional que se transmite de generación en generación, garantizando que el conocimiento sea acumulativo y fiable.

El segundo nivel es la memoria documental, la que se plasma en su valiosa producción científica. Su reciente artículo: “Travesía académica: desde la curiosidad hasta la especialidad” publicado en la revista Anales de Nutrición (2025, https://doi.org/10.54624/2025.38.1.005 ) exhibe lo que es una memoria en sí misma. No solo presenta datos, sino que contextualiza su travesía, ofreciendo el mapa de un recorrido intelectual de gran magnitud, en el que cada uno de nosotros ha jugado su papel. Su trabajo se convierte, una vez más, en una referencia bibliográfica de primer orden. Su constancia y dedicación reflejan que la memoria no es estática, es un recuerdo dinámico que se actualiza continuamente.

La Antropología de la Profesora Betty no es una disciplina de museo, es una ciencia aplicada que ha fortalecido campos como la salud, la nutrición y el deporte. Aquí es donde la utilidad de estas memorias se hace tangible.

Hoy, al festejar su legado académico y humano, estamos celebrando la utilidad de la memoria personificada. La Profe Betty nos ha dejado más que artículos; nos ha dejado una memoria didáctica en el aula, una memoria ética en la investigación y una memoria afectiva en cada encuentro sostenido. Ella nos enseñó que la mejor forma de honrar el pasado científico no es solo recordarlo, sino utilizarlo para avanzar. Ella es la colega íntegra y el referente constante de una travesía de excelencia, curiosidad y compromiso…”

 

Querida Profe Betty – Dra. Betty Méndez de Pérez: la huella que ha dejado en nosotros no es solo un recuerdo. Es la memoria viva que nos impulsa. Gracias, hemos aprendido mucho. ¡Gracias por su inmenso legado!

Josefa Orfila – Adelaida Struck – Rita Amelii – Mony Vidal – Francisco J Fernandez

READ MORE →

EL DESARROLLO SOCIOAFECTIVO EN LOS PRIMEROS CINCO AÑOS DE VIDA, CIMIENTOS INVISIBLES DEL SER HUMANO
Acompañar el desarrollo emocional en los primeros años de vida es fundamental para la formación del ser humano. Cada mirada, abrazo y palabra deja huellas profundas en la mente y el corazón. No se trata solo de cuidar, sino de conectar. La neurociencia del desarrollo ha demostrado que el cerebro infantil es moldeado por la calidad del vínculo con sus figuras de apego. sentirse protegido y escuchado activa circuitos de calma y confianza, mientras que la indiferencia genera estrés y alerta.
Desde la psicología evolutiva, sabemos que los primeros cinco años son el escenario donde el menor construye su yo y desarrolla las bases de su identidad, autoestima y capacidad para relacionarse con los demás. Desde el primer año, experimenta seguridad al sentirse protegido y atendido; esa confianza básica será la semilla de su bienestar emocional futuro. Entre los dos y los tres años surge la autonomía y la curiosidad; hacia los cuatro y cinco años aparecen la empatía, la cooperación y los primeros indicios de conciencia moral.
Durante esta etapa se fortalecen habilidades emocionales clave como son: La Autorregulación: calmarse y esperar; La Empatía: reconocer emociones ajenas, y La Autoestima: sentirse capaz, valioso y querido.
El papel de las personas cuidadoras es insustituible: no se trata de ser perfectos, sino de estar presentes, escuchar, contener y acompañar. Gestos simples como mirar a los ojos, responder con calma y mantener rutinas seguras transmiten el mensaje: «eres importante, estás seguro, puedes confiar».
Estas capacidades, sostenidas por una relación afectiva estable, constituyen el cimiento de la personalidad y del bienestar psicológico. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF subrayan que la primera infancia de 0 a 5 años es una ventana crítica para el desarrollo emocional, social y cognitivo, y recomiendan entornos seguros, afectivos y estimulantes donde los niños puedan explorar libremente, sentirse amados y comprendidos.
Cuando atiendo familias en consulta, suelo observar cómo adolescentes y adultos que crecieron en entornos estables muestran mayor resiliencia, empatía y capacidad para relacionarse; y aquellos que expresan vínculos inseguros muestran dificultades para confiar y manejar emociones.
Hoy, estos aprendizajes cobran especial relevancia en una sociedad cambiante y tecnológica, donde las interacciones humanas a menudo se sustituyen por pantallas y la inmediatez ha reemplazado la espera. Si bien la tecnología puede ser una herramienta valiosa de aprendizaje, su uso excesivo puede limitar la comunicación emocional, la atención y la paciencia. En los hogares contemporáneos es fundamental crear espacios de conexión real, donde el diálogo, el juego compartido y la mirada mutua sigan siendo el lenguaje principal del amor. Los niños necesitan adultos que los miren de verdad, no solo que los observen desde una pantalla.
En un mundo fluido, donde las certezas cambian con rapidez, las raíces emocionales firmes son la brújula que ayuda a los niños y a los futuros adultos a mantenerse estables, empáticos y resilientes.

 

Msc. María Elisa Pizzutti

READ MORE →

Durante siglos, los conflictos han sido interpretados, enfrentados y resueltos –o agravados– desde la visión tradicional suma cero en la que alguien tiene que ganar por la fuerza o la imposición. Las mujeres, históricamente apartadas de los espacios formales de negociación y toma de decisiones, han ejercido en cambio una mediación muchas veces invisible: la que ocurre en las comunidades, en las casas, en los vínculos familiares.  

Las mujeres, especialmente aquellas que vienen de luchas comunitarias, experiencias de exclusión o de tradiciones ancestrales que les asignan el mantenimiento del equilibrio social, aportan una visión distinta: basada en la escucha, la empatía, el reconocimiento mutuo y la búsqueda de soluciones que sanen, que reparen y no solo que impongan acuerdos. 

Cada vez resulta más evidente que los conflictos, lejos de ser simples enfrentamientos, son expresiones complejas de desigualdades, emociones, historias no escuchadas y necesidades insatisfechas. Resolverlos requiere herramientas, sí, pero también una mirada capaz de ver en la fractura una oportunidad para el cuidado, para la reparación y para la transformación.

Por eso, cuando las mujeres acceden a espacios de formación en resolución de conflictos, no sólo adquieren técnicas útiles para sus comunidades, sino que también amplían el horizonte desde donde entender el poder, la justicia y la paz. Y es allí donde la perspectiva feminista hace la diferencia.

Una mujer que aprende a mediar no se limita a ‘calmar los ánimos’ o a ‘conciliar’ desde una neutralidad que, muchas veces, perpetúa desigualdades. Una mujer mediadora consciente de que las crisis afectan a las mujeres y las niñas de manera diferenciada comprende que no todos los conflictos son simétricos, que las voces silenciadas necesitan ser escuchadas y que no hay paz posible sin justicia.

Las herramientas para la transformación de conflictos –como la escucha activa, la identificación de necesidades profundas, la facilitación del diálogo y la construcción colectiva de soluciones– son esenciales para romper ciclos de violencia. Pero estas herramientas no se aplican en el vacío: cobran sentido en el marco de relaciones éticas, de confianza, de reconocimiento mutuo. 

Muchas mujeres que hoy se forman en estas metodologías lo hacen no desde la teoría abstracta, sino desde su vivencia cotidiana de opresión, exclusión o violencia. Esas experiencias, lejos de ser obstáculos, se convierten en fuentes de legitimidad, empatía y conexión con otras mujeres. Al aprender a escuchar con profundidad, al poder nombrar y expresar lo que les duele y al lograr construir acuerdos con otras, algo cambia en ellas y se convierten en referentes para transformar también las dinámicas de poder que atraviesan sus comunidades.

En contextos marcados por polarización, crisis y fragmentación social, la formación de mujeres como mediadoras, facilitadoras de diálogo y promotoras de soluciones restaurativas, representa una estrategia política potente. Sin idealizarlas ni cargar sobre ellas una nueva responsabilidad, se trata de darles la oportunidad de que sus saberes, sus experiencias y su capacidad de cuidado tengan también un lugar en los procesos de toma de decisiones.

Cuando las mujeres intervienen en la resolución de conflictos con una mirada feminista, lo que aportan no es solo el acuerdo concreto que puedan alcanzar, sino también la forma en que ese proceso ocurre: ¿se sintieron todas escuchadas?, ¿hubo espacio para mostrarse vulnerables?, ¿se cuidaron las emociones?, ¿se reparó el daño?, ¿hubo transformación o solo silencio pactado? En ocasiones estas mujeres que aprenden las herramientas de mediación pactan silencios sobre algunos temas difíciles en espera a poder ventilarlos en un futuro, pero mientras van tejiendo redes de confianza, se escuchan, se cuidan.

Desde esta perspectiva, la formación en resolución de conflictos no ofrece una fórmula mágica, sino un marco ético, herramientas útiles y, sobre todo, un espacio donde las mujeres puedan reconocerse como sujetos políticos capaces de transformar realidades. Mujeres que no sólo sobreviven a los conflictos, sino que los resignifican, los atraviesan junto a otras, y en ese gesto, abren caminos nuevos para la justicia y la paz.

El futuro de nuestras comunidades dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para dialogar sin miedo, para reparar lo dañado sin venganza, y sostenernos unas a otras cuando parezca que no hay salida. En ese futuro, las mujeres deben estar presentes.

 

Natalia Brandler

@nataliabrandler

READ MORE →