La realidad de los niños en desastres desde la mirada de un pediatra
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Los desastres naturales afectan profundamente la salud física y emocional de los niños, quienes requieren una atención integral que combine asistencia médica, protección, nutrición y apoyo psicológico. Los albergues deben ofrecer espacios seguros que preserven su bienestar y desarrollo. La capacidad de resiliencia infantil no debe ocultar su vulnerabilidad. Proteger su infancia exige protocolos especializados que garanticen seguridad, continuidad educativa y una recuperación centrada en sus necesidades. |
La atención a los niños en desastres naturales exige un enfoque integral que prioriza la supervivencia básica y la contención emocional. Como pediatras, nuestra labor diaria consiste en proteger el desarrollo, la salud y la sonrisa de la infancia. Sin embargo, cuando un desastre natural o una emergencia humanitaria golpea a una comunidad, nuestro rol se transforma drásticamente.
En esos momentos críticos, la medicina de consulta da paso a una medicina de trinchera, donde es fundamental garantizar agua, refugio, higiene y salud, aplicar primeros auxilios psicológicos, mantener la unidad familiar y establecer protocolos de registro estrictos para evitar el riesgo de tráfico y vulnerabilidad. Desde mi perspectiva en el frente de atención, la gestión de estas crisis revela dos realidades paralelas: la fragilidad de la infraestructura de respuesta y la conmovedora, e incluso dolorosa, ingenuidad de los niños ante la adversidad.
Cuando ocurre un desastre, la primera línea de defensa médica se traslada a los hospitales y centros de salud locales, que suelen colapsar de inmediato, aun mas en Latinoamérica, donde el 70% de las estructuras hospitalarias están en zonas de riesgo. Los niños llegan con traumas físicos, deshidratación severa o exacerbaciones de enfermedades crónicas causadas por la interrupción de sus tratamientos. La prioridad inicial es la estabilización física. Sin embargo, el verdadero desafío surge en los días posteriores, cuando el caos inicial disminuye y se hace evidente el impacto emocional.
Los albergues temporales representan un escenario sumamente complejo. Aunque estos espacios se establecen con la intención de proveer refugio, alimento y seguridad, la realidad es que suelen convertirse en focos de vulnerabilidad para los más pequeños. La falta de condiciones sanitarias óptimas hace que se propaguen rápidamente infecciones respiratorias y gastrointestinales. Además, el hacinamiento y la pérdida de la intimidad familiar generan un ambiente de estrés crónico. En los albergues, la atención pediátrica no puede limitarse a recetar medicamentos, debe enfocarse en la salud pública, la nutrición y, de manera urgente, en la creación de espacios seguros de juego que devuelvan un sentido de normalidad a sus vidas.
En medio de este panorama desolador, lo que más impacta es la actitud de los propios niños. Existe una profunda e innata ingenuidad en la infancia que se manifiesta con fuerza durante las peores crisis. Esta ingenuidad no debe confundirse con indiferencia o ausencia de sufrimiento. Es, en realidad, un mecanismo de defensa psicológico, una armadura natural que los protege de una realidad que sus mentes aún no pueden procesar por completo. Mientras los adultos se hunden en la angustia, la incertidumbre y el duelo por las pérdidas materiales y personales, los niños poseen una capacidad asombrosa para encapsular la realidad. Para un niño pequeño, un albergue lleno de literas y desconocidos puede transformarse, temporalmente, en un campamento de aventuras. Es así, como en los albergues debemos separar ambientes para la recreación infantil, la lactancia materna y espacios para el recogimiento independientemente de la religión que se profese.
Observar a un niño sonreír o jugar en un hospital de campaña tras haber sobrevivido a una catástrofe es una lección de resiliencia, pero también un recordatorio desgarrador de su absoluta dependencia del mundo adulto. Ellos confían ciegamente en que las figuras de autoridad, sus padres y el personal médico, resolverán la situación, de allí la importancia de evitar en lo posible usar las escuelas como albergues, ya que, a la brevedad posible, las clases deben reanudarse, enmarcado todo dentro del plan de recuperación integral de la población.
Como pediatra, entiendo que nuestra mayor responsabilidad en los desastres es salvaguardar esa inocencia el mayor tiempo posible, utilizándola como un puente hacia su recuperación integral. La atención médica en emergencias debe evolucionar hacia un enfoque integral que reconozca que la salud de un niño es inseparable de su bienestar emocional. Necesitamos protocolos de emergencia que prioricen la creación de zonas amigables infantiles en cada albergue y que capaciten al personal en primeros auxilios psicológicos primarios pediátricos.
La reconstrucción tras un desastre no solo se mide en ladrillos y puentes, sino en la capacidad de devolverle a cada niño el derecho a seguir siendo niño, garantizando que su inocencia sea un refugio de esperanza y no una condición de vulnerabilidad.

Dr. Hunìades Urbina-Medina, MD