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EL DESARROLLO SOCIOAFECTIVO EN LOS PRIMEROS CINCO AÑOS DE VIDA, CIMIENTOS INVISIBLES DEL SER HUMANO
Acompañar el desarrollo emocional en los primeros años de vida es fundamental para la formación del ser humano. Cada mirada, abrazo y palabra deja huellas profundas en la mente y el corazón. No se trata solo de cuidar, sino de conectar. La neurociencia del desarrollo ha demostrado que el cerebro infantil es moldeado por la calidad del vínculo con sus figuras de apego. sentirse protegido y escuchado activa circuitos de calma y confianza, mientras que la indiferencia genera estrés y alerta.
Desde la psicología evolutiva, sabemos que los primeros cinco años son el escenario donde el menor construye su yo y desarrolla las bases de su identidad, autoestima y capacidad para relacionarse con los demás. Desde el primer año, experimenta seguridad al sentirse protegido y atendido; esa confianza básica será la semilla de su bienestar emocional futuro. Entre los dos y los tres años surge la autonomía y la curiosidad; hacia los cuatro y cinco años aparecen la empatía, la cooperación y los primeros indicios de conciencia moral.
Durante esta etapa se fortalecen habilidades emocionales clave como son: La Autorregulación: calmarse y esperar; La Empatía: reconocer emociones ajenas, y La Autoestima: sentirse capaz, valioso y querido.
El papel de las personas cuidadoras es insustituible: no se trata de ser perfectos, sino de estar presentes, escuchar, contener y acompañar. Gestos simples como mirar a los ojos, responder con calma y mantener rutinas seguras transmiten el mensaje: «eres importante, estás seguro, puedes confiar».
Estas capacidades, sostenidas por una relación afectiva estable, constituyen el cimiento de la personalidad y del bienestar psicológico. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF subrayan que la primera infancia de 0 a 5 años es una ventana crítica para el desarrollo emocional, social y cognitivo, y recomiendan entornos seguros, afectivos y estimulantes donde los niños puedan explorar libremente, sentirse amados y comprendidos.
Cuando atiendo familias en consulta, suelo observar cómo adolescentes y adultos que crecieron en entornos estables muestran mayor resiliencia, empatía y capacidad para relacionarse; y aquellos que expresan vínculos inseguros muestran dificultades para confiar y manejar emociones.
Hoy, estos aprendizajes cobran especial relevancia en una sociedad cambiante y tecnológica, donde las interacciones humanas a menudo se sustituyen por pantallas y la inmediatez ha reemplazado la espera. Si bien la tecnología puede ser una herramienta valiosa de aprendizaje, su uso excesivo puede limitar la comunicación emocional, la atención y la paciencia. En los hogares contemporáneos es fundamental crear espacios de conexión real, donde el diálogo, el juego compartido y la mirada mutua sigan siendo el lenguaje principal del amor. Los niños necesitan adultos que los miren de verdad, no solo que los observen desde una pantalla.
En un mundo fluido, donde las certezas cambian con rapidez, las raíces emocionales firmes son la brújula que ayuda a los niños y a los futuros adultos a mantenerse estables, empáticos y resilientes.

 

Msc. María Elisa Pizzutti

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En la práctica pediátrica moderna, cada vez resulta más evidente que la calidad de la atención no depende solo del diagnóstico o del tratamiento, sino de cómo se involucra al niño en las decisiones que afectan su cuerpo y su bienestar. Escucharlo, informarlo y permitirle participar no es un gesto de cortesía, sino una necesidad clínica, ética y emocional que fortalece la confianza, mejora la adherencia terapéutica y reduce la ansiedad. Entender al niño como sujeto activo de su propio proceso de salud es un paso decisivo hacia una atención verdaderamente humanizada.
La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por las Naciones Unidas en 1989, consagra su derecho a ser escuchado y a que sus opiniones sean tomadas en cuenta según su edad y madurez. Este principio, conocido como derecho a la participación, no se limita a la escuela o a la vida social: también abarca el ámbito sanitario. Permitir que un niño o adolescente intervenga en las decisiones sobre su salud significa reconocerlo como una persona con capacidad progresiva para comprender, opinar y decidir. Esto no implica trasladar la responsabilidad adulta, sino acompañar su proceso de comprensión y autonomía con empatía y lenguaje accesible.
Los estudios en psicología pediátrica muestran que cuando los niños participan activamente en la elección de pruebas o tratamientos, experimentan menos ansiedad y mayor sentido de control. Esa sensación de control contribuye a su bienestar emocional y físico, y tiene un impacto directo en la adherencia a los tratamientos. En otras palabras, el niño que entiende lo que le ocurre y siente que su opinión importa, coopera mejor, se recupera con más serenidad y desarrolla una actitud positiva frente a la atención médica.
En el ámbito clínico se utilizan tres conceptos que deben comprenderse de manera complementaria: el permiso parental, el asentimiento del niño y el consentimiento del adolescente maduro. El permiso parental es la autorización legal que dan los representantes. El asentimiento, en cambio, es el acuerdo afirmativo del niño, en función de su grado de comprensión. No se trata de una firma en un papel, sino de un proceso de diálogo donde el médico explica, responde preguntas y valida la comprensión del menor. Finalmente, el consentimiento se aplica cuando el adolescente demuestra suficiente madurez para comprender las implicaciones de su decisión y puede asumirla de manera responsable. Este esquema busca equilibrar el respeto a la autoridad familiar con la autonomía progresiva del menor.
El papel del pediatra y del equipo sanitario es fundamental para que esta participación sea real. Implica hablar con el niño en un lenguaje que pueda entender, utilizar apoyos visuales o ejemplos cotidianos, y permitirle expresar dudas o temores. No basta con explicar: es necesario verificar la comprensión, dar espacio a las preguntas y ofrecer alternativas siempre que sea posible. La participación debe ser gradual y adaptada a la edad: en los preescolares puede centrarse en elecciones simples («¿quieres que te escuche primero el pecho o la espalda?»); en los escolares, en decisiones concretas y explicaciones más detalladas; y en los adolescentes, en conversaciones donde puedan implicarse de manera informada y responsable.
Cuando el niño siente que su voz cuenta, cambia la dinámica de la relación terapéutica. Ya no se trata de «pacientes obedientes», sino de participantes activos en su propio proceso de cuidado. Este enfoque fortalece la alianza entre médico, paciente y familia, favorece la comunicación y reduce los conflictos derivados del miedo o la incomprensión. Además, prepara a los niños para la autogestión de su salud en la vida adulta, un aprendizaje esencial en tiempos donde la información médica está al alcance de todos, pero la comprensión crítica sigue siendo un desafío.
Respetar el derecho de los niños a participar en las decisiones sobre su salud es una manera concreta de promover su bienestar integral. Supone reconocer que son capaces de pensar, preguntar y decidir dentro de los límites de su madurez. Cada conversación en consulta puede transformarse en una oportunidad educativa, emocional y ética para enseñarles a cuidar de sí mismos. Escucharles no solo es un deber profesional: es una forma de construir confianza, aliviar temores y preparar ciudadanos más conscientes y responsables de su propio cuerpo.
La pediatría actual no se mide solo en avances tecnológicos, sino en la capacidad de los profesionales y las familias para escuchar y acompañar con respeto. Permitir que los niños participen en las decisiones que les conciernen es sembrar las bases de una salud emocional más sólida y una sociedad más empática. Cuidar de ellos también significa darles voz. Esa es la medicina que cura y enseña: la que convierte cada consulta en un espacio de confianza, diálogo y crecimiento compartido.

 

J. Planchet

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Durante siglos, los conflictos han sido interpretados, enfrentados y resueltos –o agravados– desde la visión tradicional suma cero en la que alguien tiene que ganar por la fuerza o la imposición. Las mujeres, históricamente apartadas de los espacios formales de negociación y toma de decisiones, han ejercido en cambio una mediación muchas veces invisible: la que ocurre en las comunidades, en las casas, en los vínculos familiares.  

Las mujeres, especialmente aquellas que vienen de luchas comunitarias, experiencias de exclusión o de tradiciones ancestrales que les asignan el mantenimiento del equilibrio social, aportan una visión distinta: basada en la escucha, la empatía, el reconocimiento mutuo y la búsqueda de soluciones que sanen, que reparen y no solo que impongan acuerdos. 

Cada vez resulta más evidente que los conflictos, lejos de ser simples enfrentamientos, son expresiones complejas de desigualdades, emociones, historias no escuchadas y necesidades insatisfechas. Resolverlos requiere herramientas, sí, pero también una mirada capaz de ver en la fractura una oportunidad para el cuidado, para la reparación y para la transformación.

Por eso, cuando las mujeres acceden a espacios de formación en resolución de conflictos, no sólo adquieren técnicas útiles para sus comunidades, sino que también amplían el horizonte desde donde entender el poder, la justicia y la paz. Y es allí donde la perspectiva feminista hace la diferencia.

Una mujer que aprende a mediar no se limita a ‘calmar los ánimos’ o a ‘conciliar’ desde una neutralidad que, muchas veces, perpetúa desigualdades. Una mujer mediadora consciente de que las crisis afectan a las mujeres y las niñas de manera diferenciada comprende que no todos los conflictos son simétricos, que las voces silenciadas necesitan ser escuchadas y que no hay paz posible sin justicia.

Las herramientas para la transformación de conflictos –como la escucha activa, la identificación de necesidades profundas, la facilitación del diálogo y la construcción colectiva de soluciones– son esenciales para romper ciclos de violencia. Pero estas herramientas no se aplican en el vacío: cobran sentido en el marco de relaciones éticas, de confianza, de reconocimiento mutuo. 

Muchas mujeres que hoy se forman en estas metodologías lo hacen no desde la teoría abstracta, sino desde su vivencia cotidiana de opresión, exclusión o violencia. Esas experiencias, lejos de ser obstáculos, se convierten en fuentes de legitimidad, empatía y conexión con otras mujeres. Al aprender a escuchar con profundidad, al poder nombrar y expresar lo que les duele y al lograr construir acuerdos con otras, algo cambia en ellas y se convierten en referentes para transformar también las dinámicas de poder que atraviesan sus comunidades.

En contextos marcados por polarización, crisis y fragmentación social, la formación de mujeres como mediadoras, facilitadoras de diálogo y promotoras de soluciones restaurativas, representa una estrategia política potente. Sin idealizarlas ni cargar sobre ellas una nueva responsabilidad, se trata de darles la oportunidad de que sus saberes, sus experiencias y su capacidad de cuidado tengan también un lugar en los procesos de toma de decisiones.

Cuando las mujeres intervienen en la resolución de conflictos con una mirada feminista, lo que aportan no es solo el acuerdo concreto que puedan alcanzar, sino también la forma en que ese proceso ocurre: ¿se sintieron todas escuchadas?, ¿hubo espacio para mostrarse vulnerables?, ¿se cuidaron las emociones?, ¿se reparó el daño?, ¿hubo transformación o solo silencio pactado? En ocasiones estas mujeres que aprenden las herramientas de mediación pactan silencios sobre algunos temas difíciles en espera a poder ventilarlos en un futuro, pero mientras van tejiendo redes de confianza, se escuchan, se cuidan.

Desde esta perspectiva, la formación en resolución de conflictos no ofrece una fórmula mágica, sino un marco ético, herramientas útiles y, sobre todo, un espacio donde las mujeres puedan reconocerse como sujetos políticos capaces de transformar realidades. Mujeres que no sólo sobreviven a los conflictos, sino que los resignifican, los atraviesan junto a otras, y en ese gesto, abren caminos nuevos para la justicia y la paz.

El futuro de nuestras comunidades dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para dialogar sin miedo, para reparar lo dañado sin venganza, y sostenernos unas a otras cuando parezca que no hay salida. En ese futuro, las mujeres deben estar presentes.

 

Natalia Brandler

@nataliabrandler

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En la encrucijada del siglo XXI, podemos decir, que la humanidad enfrenta desafíos que exigen respuestas audaces y transformadoras. La crisis climática, la desigualdad social y la precariedad energética reclaman una mirada ética sobre el modelo de desarrollo. En este contexto, la transición energética no es solo un imperativo ambiental, sino que representa una oportunidad sin precedentes para repensar el bienestar global desde la justicia social.

En el corazón de esta transformación se encuentran las energías alternativas, catalizadoras de un futuro donde la sostenibilidad y la equidad deben caminar de la mano. Históricamente, las comunidades más vulnerables han soportado la carga de la contaminación generada por los sistemas tradicionales de producción energética. Al mismo tiempo, millones de personas aún carecen de acceso básico a la energía, por lo que, la justicia social debe situarse en el centro del debate, considerándola como un derecho universal y no, como un privilegio. 

Las fuentes alternativas, solar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica y biomasa sostenible nos ofrecen posibilidades concretas para romper con esos patrones de exclusión. Su capacidad para generar energía de forma descentralizada permite acercarla a quienes más la necesitan, reduciendo desigualdades territoriales y fortaleciendo la autonomía de las comunidades. Esto no es solo electrificación: es una mejora real en su calidad de vida.

Esta transición energética tiene, además, un impacto directo sobre la salud pública. Sustituye fuentes contaminantes por tecnologías limpias, lo que reduce las emisiones de gases tóxicos y partículas nocivas que afectan la salud respiratoria y cardiovascular. Respirar un aire más limpio no es solo una cuestión ambiental, es una inversión en salud y dignidad.

Creo profundamente que esta transformación también puede ser la base de una nueva economía, más justa e inclusiva. El sector de las nuevas energías alternativas está generando miles de empleos verdes: instaladores, técnicos, ingenieros, fabricantes. Para que esta ola de empleo sea verdaderamente equitativa, debemos garantizar que incluya a personas que hoy dependen de los combustibles fósiles, mediante formación y reconversión laboral. Una transición justa no deja a nadie atrás y contribuye a reducir las brechas sociales. La resiliencia también se fortalece al apostar por energías limpias. Al generar energía de forma local, reducimos la dependencia de cadenas globales y la exposición a crisis geopolíticas o económicas. Además, la inversión en infraestructuras renovables puede revitalizar territorios olvidados, generar cadenas de valor locales y fomentar la innovación desde lo comunitario.

Podemos concluir que la transición energética es mucho más que una transformación técnica, es una decisión ética. Apostar por las energías alternativas al servicio de la justicia social es una de las formas para construir un mundo más equitativo, resiliente y sostenible. Significa, colocar en el centro a las personas, sus derechos y sus territorios.

Dubraska Rodríguez

Agosto 2025

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La migración es un fenómeno inherente a la historia de la humanidad, que ha modelado culturas, economías y estructuras políticas. España, como otros países europeos, ha sido históricamente tanto emisora como receptora de migración. En las últimas décadas, la llegada de personas migrantes ha impulsado importantes transformaciones sociales y económicas.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 los residentes extranjeros representaban el 16,6 % de la población, desempeñando un papel clave en el sostenimiento del mercado laboral y del sistema de pensiones. La OCDE (2025) indica que más del 25 % del crecimiento del empleo en los últimos dos años fue generado por población migrante, especialmente en sectores como hostelería, cuidados, construcción y agricultura. Desde 2022, el 45 % de los nuevos empleos fueron ocupados por migrantes, contribuyendo a un crecimiento económico del 3 % en 2024, muy por encima del promedio de la eurozona. El Banco de España ha señalado qué sin esta contribución, el crecimiento poblacional se habría estancado y el sistema de bienestar sería insostenible.

Este panorama refuerza la necesidad de situar las políticas migratorias como eje estratégico, no solo como respuesta a coyunturas de emergencia, sino como herramienta de planificación orientada al desarrollo económico, la cohesión social y la sostenibilidad democrática.

Algunos países han diseñado modelos eficaces que pueden servir de referencia. Canadá y Australia, por ejemplo, utilizan sistemas de puntos que priorizan la formación, la experiencia laboral y las necesidades del mercado. Estos modelos han mejorado la inserción laboral de personas migrantes cualificadas, han reducido el desempleo en esta población y elevado sus ingresos, con efectos positivos para la economía. También Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX, integró flujos migratorios masivos desde Europa como parte de su expansión industrial. Más recientemente, Alemania ha promovido la formación dual como vía para integrar a población migrante en sectores productivos clave.

Estas experiencias muestran que las políticas migratorias eficaces son aquellas que anticipan, planifican e incluyen. En contraste, modelos restrictivos han demostrado ser contraproducentes. Francia, con un enfoque más securitario en los últimos años, ha visto aumentar la exclusión social, la segregación y los discursos xenófobos. A nivel europeo, el enfoque centrado en el control fronterizo y la externalización de responsabilidades, como el sistema de Dublín, ha sobrecargado a países como España, Italia o Grecia sin garantizar una redistribución justa ni mecanismos de acogida eficaces.

En este marco, España necesita avanzar hacia un modelo migratorio planificado, justo y sostenible, basado en principios de inclusión, justicia social y corresponsabilidad. Se proponen cuatro líneas estratégicas: 1. Alinear la política migratoria con las necesidades del mercado laboral, previniendo tanto el déficit de mano de obra como la precarización de los migrantes. 2. Garantizar vías legales y seguras de entrada, reduciendo el poder de las redes de tráfico y promoviendo una migración ordenada. 3. Fortalecer programas de acogida e inclusión, con acceso a derechos, empleo digno, educación y vivienda. 4. Combatir la discriminación y los discursos de odio, a través de campañas de sensibilización y marcos normativos que promuevan una narrativa positiva sobre la contribución migrante.

Una política migratoria eficaz incide directamente en el crecimiento económico, la sostenibilidad del Estado de bienestar y la calidad democrática. No es un asunto marginal, sino un componente estructural del desarrollo nacional. Una migración bien gestionada representa una fuente de innovación, revitalización demográfica y enriquecimiento cultural.

Se hace imprescindible que España avance hacia una política de Estado concertada, con participación de los actores políticos e institucionales a todos los niveles. Paralelamente, es necesario impulsar una revisión crítica de los acuerdos migratorios en el seno de la Unión Europea, promoviendo un enfoque más solidario y corresponsable. Este esfuerzo es clave para prevenir fracturas sociales más complejas, como las que ya se observan en otros países del bloque.

Para cerrar, sugiero comprender las nuevas dinámicas migratorias a la luz de los cambios globales. La movilidad humana del siglo XXI responde a causas estructurales como desigualdad, conflicto, crisis climática o transformaciones demográficas que deben ser abordadas desde una perspectiva integral, humana y prospectiva. Apostar por una migración bien gestionada es apostar por una sociedad más cohesionada, justa y preparada para el futuro.

Dra. Elena Estaba Briceño

Agosto 2025

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Como profesora, consultora y formadora de generaciones, me pregunto: ¿cómo incorporar la IA, sin que nuestros estudiantes dejen de lado su capacidad de raciocino, de pensamiento lógico y del interés por investigar y leer?, ¿Cómo podemos enseñarlos a pensar en una era donde las máquinas ya responden por nosotros?

La inteligencia artificial ha llegado a la educación para quedarse. No podemos ignorarla ni temerle. Pero tampoco podemos permitir que sustituya el proceso más valioso de la enseñanza: el desarrollo del pensamiento crítico, del análisis, de la capacidad de razonar y decidir con fundamento. Nuestra labor como docentes no se limita a transmitir contenidos, sino a acompañar a los estudiantes en la construcción de criterios, autonomía y sentido.

Veo con preocupación cómo muchos estudiantes comienzan a usar la IA como atajo, sin comprenderla, sin cuestionarla. Y aquí está el verdadero desafío: no se trata de prohibir la IA, sino de enseñar a utilizarla bien. Que sepan cómo funciona, qué sesgos puede contener, cuándo es útil y cuándo no. Que aprendan a distinguir entre una respuesta automática y un razonamiento propio.

La IA puede ser una gran aliada si sabemos incorporarla con propósito. Pero el protagonismo debe seguir siendo el humano. Nuestra tarea no es competir con los algoritmos, sino enseñar lo que ninguna máquina puede replicar: la empatía, la creatividad, la lectura crítica del mundo.

La UNESCO lo dice con claridad: la IA debe complementar, no reemplazar, el trabajo de los docentes ni el desarrollo cognitivo de los estudiantes. Por eso insisto: la educación debe poner en el centro no la herramienta, sino el pensamiento; no el resultado inmediato, sino el proceso de aprender, equivocarse, preguntar y volver a intentar.

Desde Asesórate, quiero invitar a mis colegas, docentes, investigadores y formadores a abrir este debate con valentía. Educar en la era de la IA exige más que adaptarse, exige decidir cómo la usamos, para qué y al servicio de qué valores.

 

Prof. Rita Amelii

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La historia de la humanidad es, en buena parte, la historia de sus migraciones. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, el fenómeno migratorio ha sido progresivamente secuestrado por narrativas que lo simplifican, lo distorsionan y lo manipulan. En lugar de comprender sus causas profundas o asumir nuestra responsabilidad colectiva, se ha optado por el miedo, la criminalización y la exclusión.

Las migraciones han pasado de ser una manifestación del derecho a buscar una vida digna, a convertirse en un campo de batalla ideológico donde los Estados y sus gobiernos, muchos de ellos democráticos, despliegan discursos y políticas que erosionan los derechos fundamentales. Se habla de fronteras seguras, de amenazas demográficas o de culturas en riesgo, mientras se ignora que detrás de cada migrante hay una historia humana, un rostro, una dignidad.

En este contexto, las políticas migratorias restrictivas no solo son una respuesta ineficaz, sino profundamente injusta. Encarcelamientos, deportaciones arbitrarias, separación de familias: son prácticas que deslegitiman al derecho como garante de la justicia. Tal como lo señalamos en reiteradas oportunidades, las políticas migratorias que se apoyan en la lógica amigo-enemigo alimentan una espiral de intolerancia que termina justificando lo injustificable.

No se trata de negar que los Estados tienen derecho a regular el ingreso a sus territorios. Pero ese derecho no puede ejercerse al margen del principio superior de la dignidad humana. Ninguna política será legítima si despoja al migrante de su condición de sujeto de derechos.

Por ello, he sostenido que el fenómeno migratorio exige una mirada interdisciplinaria. No basta con el derecho, ni con la economía, ni con la sociología. Se requiere un marco ético que reconozca la complejidad de las migraciones y que, al mismo tiempo, asuma su tratamiento como un deber moral. Proponemos una filosofía de las migraciones que articule justicia social, respeto a la identidad cultural, pluralismo, y sentido de responsabilidad humana.

Este será también el enfoque que compartiré en webinar “Migraciones y Derechos: nuevas rutas para la justicia”, promovido por Asesórate, donde hablaremos de la urgencia de abrir caminos de diálogo, hospitalidad y compromiso. Es posible, sin duda, construir marcos normativos que reconozcan las legítimas preocupaciones de los países receptores, sin sacrificar la vida, los derechos y la dignidad de quienes migran.

Como dijera Juan Pablo II, las causas que hoy impulsan a millones a abandonar sus hogares no son una fatalidad: son un desafío ético a nuestra conciencia colectiva. Y frente a ese desafío, el silencio no es opción.

 

Dr. Tulio Álvarez

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No es posible recordarlo todo, tampoco olvidar por completo. Cada acto de recuerdo implica también un acto de olvido. Mientras esto sucede en el plano individual donde recordar es siempre una selección, consciente o no, también ocurre en el plano social. Así hablamos de memorias colectivas, como si los grupos humanos fueran capaces de recordar o de olvidar de manera unificada. Pero incluso quienes vivieron un mismo episodio, lado a lado, no lo recuerdan de forma idéntica. Sus memorias divergen, se fragmentan, se contradicen. Aun así, seguimos hablando de una “memoria social” como si fuera natural y homogénea, sin preguntarnos cómo funciona realmente.

El problema está en que tendemos a pensar la memoria social como una suma de memorias individuales. Pero esto no es así. La memoria social es moldeada. A menudo, inducida. El recuerdo colectivo no surge espontáneamente: es el resultado de múltiples operaciones de selección, repetición y silenciamiento. Estas operaciones no son neutras. Son ejercidas por instancias con poder: el Estado, los partidos, los sistemas escolares, las academias, los medios de comunicación, las religiones. Estos actores no solo nos proponen una versión del pasado: la instituyen. La convierten en oficial. Nos dicen qué debemos recordar y también y esto es fundamental qué debemos olvidar.

En el presente, estas dinámicas se intensifican. Con la digitalización masiva y la multiplicación de narrativas en redes sociales y medios globales, el control de las memorias ya no pasa únicamente por los textos escolares o las fechas patrias, sino por algoritmos, campañas comunicacionales, bots, etiquetas. Las memorias se viralizan o se desvanecen según decisiones estratégicas. El olvido se programa. La memoria se gestiona. En este contexto, la figura del historiador y de quien investiga el pasado se vuelve aún más vulnerable: su trabajo puede ser desmentido, manipulado o invisibilizado en segundos. La historia corre el riesgo de ser desplazada por la inmediatez del relato dominante.

Por eso es urgente estudiar las memorias sociales como construcciones que pueden ser manipuladas por el poder. Antes de hablar de “memoria colectiva”, debemos asegurarnos de que es lo que identifica a un determinado pueblo y preguntarnos: ¿quién recuerda?  ¿qué se está dejando fuera? ¿Hay manipulación posible en ese contexto y momento? Solo así podremos resistir a memorias prefabricadas y abrir paso a las memorias verdaderas y profundamente humanas.

 

Dra. Yara Altez

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La metodología de la investigación para la transformación social se distingue por un compromiso profundo y activo con la generación de cambios positivos y significativos en la sociedad. A diferencia de la investigación tradicional, que a menudo se centra en la comprensión teórica o la descripción de fenómenos, esta metodología prioriza la acción y la mejora tangible de las condiciones de vida de las personas y comunidades, especialmente aquellas en situaciones de vulnerabilidad.
Un principio fundamental es la participación activa de los actores sociales afectados por el problema investigado. Esto implica involucrarlos no solo como sujetos de estudio, sino como colaboradores esenciales en cada etapa del proceso, desde la definición inicial del problema hasta la implementación y evaluación de las soluciones propuestas. Se busca así crear un ambiente de colaboración horizontal, donde el conocimiento experto de los investigadores se complementa con la experiencia vivida de los participantes, enriqueciendo la comprensión del problema y aumentando la probabilidad de encontrar soluciones efectivas y sostenibles.
La reflexividad es otro pilar clave, que exige una autoevaluación constante del investigador sobre su rol, sus posibles sesgos y cómo su presencia puede influir en el proceso y los resultados de la investigación. Esta transparencia y honestidad intelectual son esenciales para garantizar la validez y la credibilidad de los hallazgos, así como para evitar la reproducción de dinámicas de poder desiguales entre el investigador y los participantes.
La orientación a la acción es lo que distingue fundamentalmente esta metodología. No se trata simplemente de generar conocimiento, sino de generar conocimiento útil para la toma de decisiones y la implementación de acciones concretas que contribuyan a la transformación social. Los resultados de la investigación deben traducirse en estrategias, políticas públicas o intervenciones sociales que tengan un impacto real en la vida de las personas, abordando las causas profundas de los problemas y promoviendo soluciones a largo plazo.
La justicia social es el horizonte ético que guía todo el proceso. La investigación se centra en identificar y abordar las desigualdades, la discriminación y la exclusión social, buscando empoderar a los grupos marginados y fortalecer su capacidad para defender sus derechos e intereses. Se busca generar conocimiento que sea relevante para la lucha contra la pobreza, la desigualdad de género, el racismo, la discriminación por orientación sexual y otras formas de injusticia social.
Para llevar a cabo esta investigación, se utilizan una variedad de métodos, como la investigación-acción participativa (IAP), que implica un ciclo continuo de reflexión, planificación, acción y evaluación en colaboración con los participantes; los estudios de caso, que analizan en profundidad situaciones específicas para comprender las dinámicas sociales complejas; la investigación cualitativa, que utiliza entrevistas, grupos focales y observación participante para comprender las perspectivas y experiencias de los participantes; y el análisis cuantitativo, que permite identificar patrones y tendencias en grandes conjuntos de datos.

 

 

Josefa Orfila

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Adelaida StruckLa sociedad actual avanza con rapidez, pero no siempre en la dirección correcta. En nombre de la innovación y la inmediatez, estamos dejando atrás a quienes más tienen que aportar: nuestros adultos mayores. Y no se trata solo de afectos o vínculos familiares, sino también del lugar que ocupan -o ya no ocupan- los profesionales con décadas de experiencia en sus campos.
Hoy en día, muchos hombres y mujeres con trayectorias valiosas, que han construido conocimiento, que han liderado procesos, que han formado generaciones, son invisibilizados simplemente por haber cruzado una cierta edad. La exclusión etaria se ha convertido en una nueva forma de discriminación silenciosa, disfrazada de modernidad. Se pierde así no solo la voz de quienes tienen mucho que decir, sino también la posibilidad de construir puentes reales entre generaciones.
En lugar de conectar a los más jóvenes con los adultos mayores, de generar espacios de retroalimentación, estamos sembrando una brecha que empobrece a todos. Los jóvenes necesitan referentes, acompañamiento, historias que les enseñen a interpretar la complejidad del presente. Y los mayores necesitan seguir aportando, sentirse parte, ser reconocidos en su valor.
No se trata de caridad ni de nostalgia. Se trata de una visión estratégica de futuro. Porque una sociedad que no escucha a sus mayores se desconecta de su historia, de su ética y de su experiencia acumulada. Y una juventud que camina sola, sin diálogo con quienes ya recorrieron el camino, corre el riesgo de repetir errores y perder profundidad.
Desde nuestra mirada, es urgente reconectar a las personas mayores con sus comunidades, con sus colegas, con los espacios donde pueden seguir construyendo significado. No basta con incluirlos: hay que integrarlos desde el respeto y la admiración. Crear oportunidades de participación activa, de intercambio intergeneracional y de valorización del saber vivido.
La edad no debe ser un límite, sino una posibilidad de generar sinergias. Apostar por la conexión es apostar por una sociedad más sabia, más justa y más humana.

 

Adelaida Struck G.

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