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La Navidad es una época que despierta emoción, significa cosas distintas para cada uno de nosotros y, precisamente allí es donde reside su riqueza. Reconocer la pluralidad de sentidos que cada persona le otorga desde su propia historia. En nuestras tradiciones se enlazan recuerdos que nos acompañan toda la vida: los olores de la cocina, las melodías que cada año suenan de fondo, el abrazo de quienes ya no están pero que vuelven en forma de historias y anécdotas compartidas. Recordar es también celebrar, agradecer y reconocer que los vínculos que tejimos siguen vivos en nuestra memoria emocional. En tiempos de cambios acelerados y de desafíos sociales y económicos, la Navidad va más allá de un ritual repetido, nos invita a mirar hacia adentro y a preguntarnos qué nos sostiene, qué valores nos mueven, qué relaciones nos fortalecen y qué sueños queremos hacer realidad.

Para algunas personas es familia, celebración, reencuentros y risas alrededor de una mesa. Para otras, es nostalgia, memoria y silencio. Para muchas, es un tiempo de fe y gratitud y para no pocas, un período en el que la soledad y las ausencias pesan un poco más que de costumbre.

La Navidad no es solo un tiempo personal, también es un espacio social. Reunirse no significa necesariamente grandes fiestas; puede ser el gesto sencillo de una llamada a quien está lejos, una conversación pendiente, una taza de café compartida. Son gestos que dicen: “estoy aquí”. En una sociedad que  en la actualidad nos empuja al individualismo, este tiempo nos recuerda que no caminamos solos, que somos una comunidad, red de apoyo y de cuidado mutuo.  Esta época nos invita a mirar más allá de nuestras fronteras afectivas, a reconocer al vecino, a la persona migrante, al abuelo que vive en soledad, a quien atraviesa una enfermedad o una dificultad económica. Ninguna celebración está completa si olvidamos la empatía que es el puente que nos permite ver la humanidad del otro.

También este tiempo es el momento para imaginar nuevos comienzos. Los calendarios se renuevan y con ellos la posibilidad de soñar diferente. La esperanza no es ingenuidad; es la capacidad de ver la luz aun en los momentos complejos. Es creer que hay un mañana más amable, más justo y más humano. Cada sonrisa que regalamos, cada acto de solidaridad, cada palabra que reconcilia es una semilla y la Navidad nos ofrece el tiempo fértil para sembrarla. La esperanza tiene muchas formas: puede ser el deseo de mayor paz familiar, la ilusión de un proyecto personal que se abre, la convicción de que las heridas también sanan y que las relaciones pueden reencontrarse.

Para quienes viven la Navidad desde la fe, este tiempo trae consigo el mensaje del amor que se hace presencia y de la vida que se renueva. Pero incluso más allá de las creencias religiosas, hay una espiritualidad laica que este tiempo despierta: la búsqueda de sentido, la necesidad de esperanza, el deseo de paz en nuestras vidas y en nuestras sociedades.

Navidad también es preguntarnos cómo podemos ser un espejo de bondad para quienes nos rodean y cómo podemos aportar luz dentro de nuestras posibilidades, desde un gesto sencillo hasta una decisión que transforma. Es un recordatorio de que asumir el compromiso de construir un futuro mejor empieza por pequeños pasos que están a nuestro alcance.

Hoy, cuando las distancias se sienten más cortas gracias a la tecnología, pero las desconexiones emocionales parecen ser más profundas, tal vez sea más necesario que nunca preguntarnos qué es esencial para nosotros, qué merece nuestro tiempo y nuestra atención.

Ojalá que este diciembre no se mida solo en compras o compromisos, sino en los encuentros auténticos. Que regalemos menos cosas y más compañía, menos prisa y más escucha, menos perfección y más cariño genuino. La Navidad puede ser una oportunidad para desacelerar, para volver a conectar con aquello que es importante y para entender que la felicidad se alimenta de vínculos reales y de gestos que nacen del corazón.

Finalmente podemos decir para nosotros, la Navidad es un acto profundo de humanidad y agradecimiento. Reconocer al otro, abrir espacios de cariño, tender la mano y compartir la vida. Es allí, en esas pequeñas grandes acciones cotidianas, donde la Navidad revela su fuerza transformadora. Recordemos que la esperanza sigue viva, que el amor sigue siendo nuestro mayor motor, que toda vida merece dignidad y que la solidaridad nos hace comunidad. En un mundo que a veces se llena de incertidumbre, la Navidad nos recuerda que siempre existe la oportunidad de unirnos, de sanar y de construir juntos un futuro más justo, más empático y más luminoso.

Josefa Orfila – Adelaida Struck – Rita Amelii – Mony Vidal – Francisco J Fernandez

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Este acto de Homenaje a quien lo merece, a quien sigue estando con nosotros, a quien realmente forjó una generación de antropólogos físicos guiados por un conocimiento profundo en la materia, una rigurosidad científica y unas normas del deber, el comportamiento y la puntualidad, cónsonos con un profesional de la investigación, sin lugar a duda valió la pena.

¿Por qué? Porque nos permitió festejar con un motivo sincero, la admiración y el respeto, porque, unió en un solo día, a alumnos, a colegas de distintos confines del mundo, a su familia, siempre con un recuerdo presente en común, la Profe Betty.

Porque contribuyó a que cada miembro de Asesórate, sumara una buena idea, para que el evento fuera un éxito, para que no faltara nadie ni nada, para que nuestra Homenajeada se sintiera en casa. Un ejemplo más que el trabajo en equipo es el que funciona. ¡Gracias!

Porque, además evidencia que el tiempo pasa, pero las personas y sus hechos quedan. Esto es muy importante. Permite discernir con claridad y certidumbre que no equivocaste tu camino, que encontraste en él grandes personas y que caminar juntos, formar equipos, es lo que realza el valor de la ciencia.

Por mi parte, me siento contenta, satisfecha. Puedo decir, un Homenaje que se concibió desde el cariño sincero, la admiración y el agradecimiento a una gran Profesora.

Creo que la mejor forma de escribir este Hablemos del evento, es a varias manos. Paso ahora la pluma a Josefa, quien ha sido artífice en la consolidación de este evento y quien habiendo escuchado las palabras de nuestra homenajeada expresa: “…El resumen que hemos escuchado es una hermosa memoria de su vida. Y precisamente, quiero aprovechar este espacio, para compartir una breve reflexión académica sobre el tema: La utilidad de las memorias en la investigación. La memoria no es solo un recuerdo nostálgico. En la ciencia, la memoria, entendida como la suma de la trayectoria, la experiencia y el legado documentado, es una herramienta esencial. El legado que hoy celebramos de la Dra. Méndez es una prueba irrefutable de ello. En la investigación, especialmente en la Antropología Física o Biológica, la memoria opera en dos niveles cruciales y la Dra. Méndez ha sido un referente constante por su exigencia académica, ética, disciplina y orden en la investigación. Esto es la memoria metodológica en acción. Ella nos ha enseñado que la forma en que se realiza la investigación es tan vital como el resultado. La memoria de su rigor es lo que nos previene de cometer errores del pasado y lo que asegura la calidad de la data hoy. Es su ejemplo de cómo hacer bien una medición, cómo interpretar un dato y cómo mantener la integridad científica. Su compromiso con el orden nos dejó claro que la metodología rigurosa debe ser una memoria institucional que se transmite de generación en generación, garantizando que el conocimiento sea acumulativo y fiable.

El segundo nivel es la memoria documental, la que se plasma en su valiosa producción científica. Su reciente artículo: “Travesía académica: desde la curiosidad hasta la especialidad” publicado en la revista Anales de Nutrición (2025, https://doi.org/10.54624/2025.38.1.005 ) exhibe lo que es una memoria en sí misma. No solo presenta datos, sino que contextualiza su travesía, ofreciendo el mapa de un recorrido intelectual de gran magnitud, en el que cada uno de nosotros ha jugado su papel. Su trabajo se convierte, una vez más, en una referencia bibliográfica de primer orden. Su constancia y dedicación reflejan que la memoria no es estática, es un recuerdo dinámico que se actualiza continuamente.

La Antropología de la Profesora Betty no es una disciplina de museo, es una ciencia aplicada que ha fortalecido campos como la salud, la nutrición y el deporte. Aquí es donde la utilidad de estas memorias se hace tangible.

Hoy, al festejar su legado académico y humano, estamos celebrando la utilidad de la memoria personificada. La Profe Betty nos ha dejado más que artículos; nos ha dejado una memoria didáctica en el aula, una memoria ética en la investigación y una memoria afectiva en cada encuentro sostenido. Ella nos enseñó que la mejor forma de honrar el pasado científico no es solo recordarlo, sino utilizarlo para avanzar. Ella es la colega íntegra y el referente constante de una travesía de excelencia, curiosidad y compromiso…”

 

Querida Profe Betty – Dra. Betty Méndez de Pérez: la huella que ha dejado en nosotros no es solo un recuerdo. Es la memoria viva que nos impulsa. Gracias, hemos aprendido mucho. ¡Gracias por su inmenso legado!

Josefa Orfila – Adelaida Struck – Rita Amelii – Mony Vidal – Francisco J Fernandez

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La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una de las transformaciones tecnológicas más profundas de nuestro tiempo. Su capacidad de procesar datos, generar respuestas y apoyar la toma de decisiones en múltiples ámbitos, como la medicina, la educación, la gestión empresarial o la investigación científica nos abre posibilidades nunca vistas hasta ahora.
Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara: ¿cómo garantizar que esta poderosa herramienta se desarrolle y se utilice con conciencia social?

El avance tecnológico nunca ha sido neutral. Cada innovación refleja las prioridades, valores y estructuras de la sociedad que la produce. En el caso de la IA, el riesgo de reproducir desigualdades, reforzar estereotipos o amplificar exclusiones sigue estando presente, sino se incorporan criterios de responsabilidad y justicia social en su diseño y aplicación.
En lugar de preguntarnos únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, se hace imperativo pensar ¿qué debe hacer y para quién? Los beneficios visibles en el terreno de la salud, como diagnósticos más tempranos, el análisis de imágenes médicas y la gestión de tratamientos personalizados, son un hecho. En la educación, permite diseñar recursos adaptados a las necesidades de cada estudiante, promoviendo la inclusión de quienes requieren apoyos diferenciados. En la gestión del conocimiento, agiliza procesos de investigación, facilita la organización de grandes volúmenes de información y abre puertas al trabajo colaborativo en red. Estos logros son innegables y constituyen un potencial positivo para mejorar la calidad de vida de millones de personas. Sin embargo, detrás de los beneficios también se esconden dilemas éticos y sociales que no podemos ignorar.
Entre los riesgos latentes se encuentra la generación de sesgos. Si los algoritmos se entrenan con datos incompletos o cargados de prejuicios históricos, los resultados pueden perpetuar las discriminaciones por género, origen étnico, edad o condición socioeconómica.
Otro desafío es la brecha digital. Mientras algunos países y sectores sociales tienen acceso a los recursos tecnológicos más avanzados, otros quedan relegados, lo que ensancha las distancias entre quienes participan de la innovación y quienes solo la reciben de manera pasiva. Esta desigualdad afecta directamente a colectivos vulnerables y plantea la necesidad de políticas públicas que promuevan un acceso equitativo a la tecnología.
La privacidad es otro de los temas centrales. El uso masivo de datos personales para alimentar sistemas de IA exige marcos regulatorios claros que protejan los derechos fundamentales. En sociedades democráticas, la transparencia y el consentimiento informado deben estar en el centro de cualquier desarrollo tecnológico.

Frente a todos estos riesgos, el concepto de una «IA con conciencia social» adquiere relevancia. No se trata de atribuirle conciencia a la máquina, sino de asegurar que su diseño, implementación y uso estén guiados por valores éticos y principios de justicia. Esto implica:
1. Diseños inclusivos: integrar la diversidad en los equipos que crean algoritmos, para evitar miradas parciales que reproduzcan sesgo
2. Transparencia: garantizar que los ciudadanos entiendan cómo y por qué la IA toma determinadas decisiones
3. Responsabilidad compartida: gobiernos, empresas, instituciones educativas y sociedad civil deben trabajar juntos en la construcción de marcos normativos y de buenas prácticas.
4. Educación digital crítica: preparar a las nuevas generaciones para interactuar con la IA no solo como usuarios, sino como ciudadanos capaces de cuestionar, comprender y decidir sobre su impacto social.

La irrupción de la inteligencia artificial conlleva una oportunidad histórica para repensar el futuro, nos confronta con permitir, que el desarrollo tecnológico se convierta en un fin en sí mismo o transformarlo en un medio para construir sociedades más justas, inclusivas y sostenibles.
Debemos dirigir los avances de la IA hacia metas colectivas que fortalezcan la dignidad humana, la equidad y la solidaridad.

Como investigadores y consultores, creemos que la clave está en promover una mirada interdisciplinaria que combine el rigor científico con la sensibilidad social. La IA no debe ser solo una cuestión técnica, sino un campo de diálogo entre ciencias, humanidades y ciudadanía. Al hacerlo, podremos orientar su uso hacia la mejora de la vida cotidiana, evitando que se convierta en un instrumento de control o exclusión.

En conclusión, podemos afirmar qué, la inteligencia artificial no es, por sí misma, ni buena ni mala. Es un reflejo de las decisiones humanas y de los valores que guiamos en su construcción. Apostar por una inteligencia artificial con conciencia social significa reconocer que el progreso tecnológico debe estar al servicio del bienestar colectivo y no al revés. El futuro está en nuestras manos: podemos permitir que la IA amplifique desigualdades o podemos usarla para tejer una sociedad más inclusiva y justa. La decisión, como siempre, recae en nosotros.

 

Equipo Académico Asesórate Consultores Asociados

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EL DESARROLLO SOCIOAFECTIVO EN LOS PRIMEROS CINCO AÑOS DE VIDA, CIMIENTOS INVISIBLES DEL SER HUMANO
Acompañar el desarrollo emocional en los primeros años de vida es fundamental para la formación del ser humano. Cada mirada, abrazo y palabra deja huellas profundas en la mente y el corazón. No se trata solo de cuidar, sino de conectar. La neurociencia del desarrollo ha demostrado que el cerebro infantil es moldeado por la calidad del vínculo con sus figuras de apego. sentirse protegido y escuchado activa circuitos de calma y confianza, mientras que la indiferencia genera estrés y alerta.
Desde la psicología evolutiva, sabemos que los primeros cinco años son el escenario donde el menor construye su yo y desarrolla las bases de su identidad, autoestima y capacidad para relacionarse con los demás. Desde el primer año, experimenta seguridad al sentirse protegido y atendido; esa confianza básica será la semilla de su bienestar emocional futuro. Entre los dos y los tres años surge la autonomía y la curiosidad; hacia los cuatro y cinco años aparecen la empatía, la cooperación y los primeros indicios de conciencia moral.
Durante esta etapa se fortalecen habilidades emocionales clave como son: La Autorregulación: calmarse y esperar; La Empatía: reconocer emociones ajenas, y La Autoestima: sentirse capaz, valioso y querido.
El papel de las personas cuidadoras es insustituible: no se trata de ser perfectos, sino de estar presentes, escuchar, contener y acompañar. Gestos simples como mirar a los ojos, responder con calma y mantener rutinas seguras transmiten el mensaje: «eres importante, estás seguro, puedes confiar».
Estas capacidades, sostenidas por una relación afectiva estable, constituyen el cimiento de la personalidad y del bienestar psicológico. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF subrayan que la primera infancia de 0 a 5 años es una ventana crítica para el desarrollo emocional, social y cognitivo, y recomiendan entornos seguros, afectivos y estimulantes donde los niños puedan explorar libremente, sentirse amados y comprendidos.
Cuando atiendo familias en consulta, suelo observar cómo adolescentes y adultos que crecieron en entornos estables muestran mayor resiliencia, empatía y capacidad para relacionarse; y aquellos que expresan vínculos inseguros muestran dificultades para confiar y manejar emociones.
Hoy, estos aprendizajes cobran especial relevancia en una sociedad cambiante y tecnológica, donde las interacciones humanas a menudo se sustituyen por pantallas y la inmediatez ha reemplazado la espera. Si bien la tecnología puede ser una herramienta valiosa de aprendizaje, su uso excesivo puede limitar la comunicación emocional, la atención y la paciencia. En los hogares contemporáneos es fundamental crear espacios de conexión real, donde el diálogo, el juego compartido y la mirada mutua sigan siendo el lenguaje principal del amor. Los niños necesitan adultos que los miren de verdad, no solo que los observen desde una pantalla.
En un mundo fluido, donde las certezas cambian con rapidez, las raíces emocionales firmes son la brújula que ayuda a los niños y a los futuros adultos a mantenerse estables, empáticos y resilientes.

 

Msc. María Elisa Pizzutti

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En la práctica pediátrica moderna, cada vez resulta más evidente que la calidad de la atención no depende solo del diagnóstico o del tratamiento, sino de cómo se involucra al niño en las decisiones que afectan su cuerpo y su bienestar. Escucharlo, informarlo y permitirle participar no es un gesto de cortesía, sino una necesidad clínica, ética y emocional que fortalece la confianza, mejora la adherencia terapéutica y reduce la ansiedad. Entender al niño como sujeto activo de su propio proceso de salud es un paso decisivo hacia una atención verdaderamente humanizada.
La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por las Naciones Unidas en 1989, consagra su derecho a ser escuchado y a que sus opiniones sean tomadas en cuenta según su edad y madurez. Este principio, conocido como derecho a la participación, no se limita a la escuela o a la vida social: también abarca el ámbito sanitario. Permitir que un niño o adolescente intervenga en las decisiones sobre su salud significa reconocerlo como una persona con capacidad progresiva para comprender, opinar y decidir. Esto no implica trasladar la responsabilidad adulta, sino acompañar su proceso de comprensión y autonomía con empatía y lenguaje accesible.
Los estudios en psicología pediátrica muestran que cuando los niños participan activamente en la elección de pruebas o tratamientos, experimentan menos ansiedad y mayor sentido de control. Esa sensación de control contribuye a su bienestar emocional y físico, y tiene un impacto directo en la adherencia a los tratamientos. En otras palabras, el niño que entiende lo que le ocurre y siente que su opinión importa, coopera mejor, se recupera con más serenidad y desarrolla una actitud positiva frente a la atención médica.
En el ámbito clínico se utilizan tres conceptos que deben comprenderse de manera complementaria: el permiso parental, el asentimiento del niño y el consentimiento del adolescente maduro. El permiso parental es la autorización legal que dan los representantes. El asentimiento, en cambio, es el acuerdo afirmativo del niño, en función de su grado de comprensión. No se trata de una firma en un papel, sino de un proceso de diálogo donde el médico explica, responde preguntas y valida la comprensión del menor. Finalmente, el consentimiento se aplica cuando el adolescente demuestra suficiente madurez para comprender las implicaciones de su decisión y puede asumirla de manera responsable. Este esquema busca equilibrar el respeto a la autoridad familiar con la autonomía progresiva del menor.
El papel del pediatra y del equipo sanitario es fundamental para que esta participación sea real. Implica hablar con el niño en un lenguaje que pueda entender, utilizar apoyos visuales o ejemplos cotidianos, y permitirle expresar dudas o temores. No basta con explicar: es necesario verificar la comprensión, dar espacio a las preguntas y ofrecer alternativas siempre que sea posible. La participación debe ser gradual y adaptada a la edad: en los preescolares puede centrarse en elecciones simples («¿quieres que te escuche primero el pecho o la espalda?»); en los escolares, en decisiones concretas y explicaciones más detalladas; y en los adolescentes, en conversaciones donde puedan implicarse de manera informada y responsable.
Cuando el niño siente que su voz cuenta, cambia la dinámica de la relación terapéutica. Ya no se trata de «pacientes obedientes», sino de participantes activos en su propio proceso de cuidado. Este enfoque fortalece la alianza entre médico, paciente y familia, favorece la comunicación y reduce los conflictos derivados del miedo o la incomprensión. Además, prepara a los niños para la autogestión de su salud en la vida adulta, un aprendizaje esencial en tiempos donde la información médica está al alcance de todos, pero la comprensión crítica sigue siendo un desafío.
Respetar el derecho de los niños a participar en las decisiones sobre su salud es una manera concreta de promover su bienestar integral. Supone reconocer que son capaces de pensar, preguntar y decidir dentro de los límites de su madurez. Cada conversación en consulta puede transformarse en una oportunidad educativa, emocional y ética para enseñarles a cuidar de sí mismos. Escucharles no solo es un deber profesional: es una forma de construir confianza, aliviar temores y preparar ciudadanos más conscientes y responsables de su propio cuerpo.
La pediatría actual no se mide solo en avances tecnológicos, sino en la capacidad de los profesionales y las familias para escuchar y acompañar con respeto. Permitir que los niños participen en las decisiones que les conciernen es sembrar las bases de una salud emocional más sólida y una sociedad más empática. Cuidar de ellos también significa darles voz. Esa es la medicina que cura y enseña: la que convierte cada consulta en un espacio de confianza, diálogo y crecimiento compartido.

 

J. Planchet

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Durante siglos, los conflictos han sido interpretados, enfrentados y resueltos –o agravados– desde la visión tradicional suma cero en la que alguien tiene que ganar por la fuerza o la imposición. Las mujeres, históricamente apartadas de los espacios formales de negociación y toma de decisiones, han ejercido en cambio una mediación muchas veces invisible: la que ocurre en las comunidades, en las casas, en los vínculos familiares.  

Las mujeres, especialmente aquellas que vienen de luchas comunitarias, experiencias de exclusión o de tradiciones ancestrales que les asignan el mantenimiento del equilibrio social, aportan una visión distinta: basada en la escucha, la empatía, el reconocimiento mutuo y la búsqueda de soluciones que sanen, que reparen y no solo que impongan acuerdos. 

Cada vez resulta más evidente que los conflictos, lejos de ser simples enfrentamientos, son expresiones complejas de desigualdades, emociones, historias no escuchadas y necesidades insatisfechas. Resolverlos requiere herramientas, sí, pero también una mirada capaz de ver en la fractura una oportunidad para el cuidado, para la reparación y para la transformación.

Por eso, cuando las mujeres acceden a espacios de formación en resolución de conflictos, no sólo adquieren técnicas útiles para sus comunidades, sino que también amplían el horizonte desde donde entender el poder, la justicia y la paz. Y es allí donde la perspectiva feminista hace la diferencia.

Una mujer que aprende a mediar no se limita a ‘calmar los ánimos’ o a ‘conciliar’ desde una neutralidad que, muchas veces, perpetúa desigualdades. Una mujer mediadora consciente de que las crisis afectan a las mujeres y las niñas de manera diferenciada comprende que no todos los conflictos son simétricos, que las voces silenciadas necesitan ser escuchadas y que no hay paz posible sin justicia.

Las herramientas para la transformación de conflictos –como la escucha activa, la identificación de necesidades profundas, la facilitación del diálogo y la construcción colectiva de soluciones– son esenciales para romper ciclos de violencia. Pero estas herramientas no se aplican en el vacío: cobran sentido en el marco de relaciones éticas, de confianza, de reconocimiento mutuo. 

Muchas mujeres que hoy se forman en estas metodologías lo hacen no desde la teoría abstracta, sino desde su vivencia cotidiana de opresión, exclusión o violencia. Esas experiencias, lejos de ser obstáculos, se convierten en fuentes de legitimidad, empatía y conexión con otras mujeres. Al aprender a escuchar con profundidad, al poder nombrar y expresar lo que les duele y al lograr construir acuerdos con otras, algo cambia en ellas y se convierten en referentes para transformar también las dinámicas de poder que atraviesan sus comunidades.

En contextos marcados por polarización, crisis y fragmentación social, la formación de mujeres como mediadoras, facilitadoras de diálogo y promotoras de soluciones restaurativas, representa una estrategia política potente. Sin idealizarlas ni cargar sobre ellas una nueva responsabilidad, se trata de darles la oportunidad de que sus saberes, sus experiencias y su capacidad de cuidado tengan también un lugar en los procesos de toma de decisiones.

Cuando las mujeres intervienen en la resolución de conflictos con una mirada feminista, lo que aportan no es solo el acuerdo concreto que puedan alcanzar, sino también la forma en que ese proceso ocurre: ¿se sintieron todas escuchadas?, ¿hubo espacio para mostrarse vulnerables?, ¿se cuidaron las emociones?, ¿se reparó el daño?, ¿hubo transformación o solo silencio pactado? En ocasiones estas mujeres que aprenden las herramientas de mediación pactan silencios sobre algunos temas difíciles en espera a poder ventilarlos en un futuro, pero mientras van tejiendo redes de confianza, se escuchan, se cuidan.

Desde esta perspectiva, la formación en resolución de conflictos no ofrece una fórmula mágica, sino un marco ético, herramientas útiles y, sobre todo, un espacio donde las mujeres puedan reconocerse como sujetos políticos capaces de transformar realidades. Mujeres que no sólo sobreviven a los conflictos, sino que los resignifican, los atraviesan junto a otras, y en ese gesto, abren caminos nuevos para la justicia y la paz.

El futuro de nuestras comunidades dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para dialogar sin miedo, para reparar lo dañado sin venganza, y sostenernos unas a otras cuando parezca que no hay salida. En ese futuro, las mujeres deben estar presentes.

 

Natalia Brandler

@nataliabrandler

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En la encrucijada del siglo XXI, podemos decir, que la humanidad enfrenta desafíos que exigen respuestas audaces y transformadoras. La crisis climática, la desigualdad social y la precariedad energética reclaman una mirada ética sobre el modelo de desarrollo. En este contexto, la transición energética no es solo un imperativo ambiental, sino que representa una oportunidad sin precedentes para repensar el bienestar global desde la justicia social.

En el corazón de esta transformación se encuentran las energías alternativas, catalizadoras de un futuro donde la sostenibilidad y la equidad deben caminar de la mano. Históricamente, las comunidades más vulnerables han soportado la carga de la contaminación generada por los sistemas tradicionales de producción energética. Al mismo tiempo, millones de personas aún carecen de acceso básico a la energía, por lo que, la justicia social debe situarse en el centro del debate, considerándola como un derecho universal y no, como un privilegio. 

Las fuentes alternativas, solar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica y biomasa sostenible nos ofrecen posibilidades concretas para romper con esos patrones de exclusión. Su capacidad para generar energía de forma descentralizada permite acercarla a quienes más la necesitan, reduciendo desigualdades territoriales y fortaleciendo la autonomía de las comunidades. Esto no es solo electrificación: es una mejora real en su calidad de vida.

Esta transición energética tiene, además, un impacto directo sobre la salud pública. Sustituye fuentes contaminantes por tecnologías limpias, lo que reduce las emisiones de gases tóxicos y partículas nocivas que afectan la salud respiratoria y cardiovascular. Respirar un aire más limpio no es solo una cuestión ambiental, es una inversión en salud y dignidad.

Creo profundamente que esta transformación también puede ser la base de una nueva economía, más justa e inclusiva. El sector de las nuevas energías alternativas está generando miles de empleos verdes: instaladores, técnicos, ingenieros, fabricantes. Para que esta ola de empleo sea verdaderamente equitativa, debemos garantizar que incluya a personas que hoy dependen de los combustibles fósiles, mediante formación y reconversión laboral. Una transición justa no deja a nadie atrás y contribuye a reducir las brechas sociales. La resiliencia también se fortalece al apostar por energías limpias. Al generar energía de forma local, reducimos la dependencia de cadenas globales y la exposición a crisis geopolíticas o económicas. Además, la inversión en infraestructuras renovables puede revitalizar territorios olvidados, generar cadenas de valor locales y fomentar la innovación desde lo comunitario.

Podemos concluir que la transición energética es mucho más que una transformación técnica, es una decisión ética. Apostar por las energías alternativas al servicio de la justicia social es una de las formas para construir un mundo más equitativo, resiliente y sostenible. Significa, colocar en el centro a las personas, sus derechos y sus territorios.

Dubraska Rodríguez

Agosto 2025

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La migración es un fenómeno inherente a la historia de la humanidad, que ha modelado culturas, economías y estructuras políticas. España, como otros países europeos, ha sido históricamente tanto emisora como receptora de migración. En las últimas décadas, la llegada de personas migrantes ha impulsado importantes transformaciones sociales y económicas.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 los residentes extranjeros representaban el 16,6 % de la población, desempeñando un papel clave en el sostenimiento del mercado laboral y del sistema de pensiones. La OCDE (2025) indica que más del 25 % del crecimiento del empleo en los últimos dos años fue generado por población migrante, especialmente en sectores como hostelería, cuidados, construcción y agricultura. Desde 2022, el 45 % de los nuevos empleos fueron ocupados por migrantes, contribuyendo a un crecimiento económico del 3 % en 2024, muy por encima del promedio de la eurozona. El Banco de España ha señalado qué sin esta contribución, el crecimiento poblacional se habría estancado y el sistema de bienestar sería insostenible.

Este panorama refuerza la necesidad de situar las políticas migratorias como eje estratégico, no solo como respuesta a coyunturas de emergencia, sino como herramienta de planificación orientada al desarrollo económico, la cohesión social y la sostenibilidad democrática.

Algunos países han diseñado modelos eficaces que pueden servir de referencia. Canadá y Australia, por ejemplo, utilizan sistemas de puntos que priorizan la formación, la experiencia laboral y las necesidades del mercado. Estos modelos han mejorado la inserción laboral de personas migrantes cualificadas, han reducido el desempleo en esta población y elevado sus ingresos, con efectos positivos para la economía. También Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX, integró flujos migratorios masivos desde Europa como parte de su expansión industrial. Más recientemente, Alemania ha promovido la formación dual como vía para integrar a población migrante en sectores productivos clave.

Estas experiencias muestran que las políticas migratorias eficaces son aquellas que anticipan, planifican e incluyen. En contraste, modelos restrictivos han demostrado ser contraproducentes. Francia, con un enfoque más securitario en los últimos años, ha visto aumentar la exclusión social, la segregación y los discursos xenófobos. A nivel europeo, el enfoque centrado en el control fronterizo y la externalización de responsabilidades, como el sistema de Dublín, ha sobrecargado a países como España, Italia o Grecia sin garantizar una redistribución justa ni mecanismos de acogida eficaces.

En este marco, España necesita avanzar hacia un modelo migratorio planificado, justo y sostenible, basado en principios de inclusión, justicia social y corresponsabilidad. Se proponen cuatro líneas estratégicas: 1. Alinear la política migratoria con las necesidades del mercado laboral, previniendo tanto el déficit de mano de obra como la precarización de los migrantes. 2. Garantizar vías legales y seguras de entrada, reduciendo el poder de las redes de tráfico y promoviendo una migración ordenada. 3. Fortalecer programas de acogida e inclusión, con acceso a derechos, empleo digno, educación y vivienda. 4. Combatir la discriminación y los discursos de odio, a través de campañas de sensibilización y marcos normativos que promuevan una narrativa positiva sobre la contribución migrante.

Una política migratoria eficaz incide directamente en el crecimiento económico, la sostenibilidad del Estado de bienestar y la calidad democrática. No es un asunto marginal, sino un componente estructural del desarrollo nacional. Una migración bien gestionada representa una fuente de innovación, revitalización demográfica y enriquecimiento cultural.

Se hace imprescindible que España avance hacia una política de Estado concertada, con participación de los actores políticos e institucionales a todos los niveles. Paralelamente, es necesario impulsar una revisión crítica de los acuerdos migratorios en el seno de la Unión Europea, promoviendo un enfoque más solidario y corresponsable. Este esfuerzo es clave para prevenir fracturas sociales más complejas, como las que ya se observan en otros países del bloque.

Para cerrar, sugiero comprender las nuevas dinámicas migratorias a la luz de los cambios globales. La movilidad humana del siglo XXI responde a causas estructurales como desigualdad, conflicto, crisis climática o transformaciones demográficas que deben ser abordadas desde una perspectiva integral, humana y prospectiva. Apostar por una migración bien gestionada es apostar por una sociedad más cohesionada, justa y preparada para el futuro.

Dra. Elena Estaba Briceño

Agosto 2025

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Como profesora, consultora y formadora de generaciones, me pregunto: ¿cómo incorporar la IA, sin que nuestros estudiantes dejen de lado su capacidad de raciocino, de pensamiento lógico y del interés por investigar y leer?, ¿Cómo podemos enseñarlos a pensar en una era donde las máquinas ya responden por nosotros?

La inteligencia artificial ha llegado a la educación para quedarse. No podemos ignorarla ni temerle. Pero tampoco podemos permitir que sustituya el proceso más valioso de la enseñanza: el desarrollo del pensamiento crítico, del análisis, de la capacidad de razonar y decidir con fundamento. Nuestra labor como docentes no se limita a transmitir contenidos, sino a acompañar a los estudiantes en la construcción de criterios, autonomía y sentido.

Veo con preocupación cómo muchos estudiantes comienzan a usar la IA como atajo, sin comprenderla, sin cuestionarla. Y aquí está el verdadero desafío: no se trata de prohibir la IA, sino de enseñar a utilizarla bien. Que sepan cómo funciona, qué sesgos puede contener, cuándo es útil y cuándo no. Que aprendan a distinguir entre una respuesta automática y un razonamiento propio.

La IA puede ser una gran aliada si sabemos incorporarla con propósito. Pero el protagonismo debe seguir siendo el humano. Nuestra tarea no es competir con los algoritmos, sino enseñar lo que ninguna máquina puede replicar: la empatía, la creatividad, la lectura crítica del mundo.

La UNESCO lo dice con claridad: la IA debe complementar, no reemplazar, el trabajo de los docentes ni el desarrollo cognitivo de los estudiantes. Por eso insisto: la educación debe poner en el centro no la herramienta, sino el pensamiento; no el resultado inmediato, sino el proceso de aprender, equivocarse, preguntar y volver a intentar.

Desde Asesórate, quiero invitar a mis colegas, docentes, investigadores y formadores a abrir este debate con valentía. Educar en la era de la IA exige más que adaptarse, exige decidir cómo la usamos, para qué y al servicio de qué valores.

 

Prof. Rita Amelii

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La historia de la humanidad es, en buena parte, la historia de sus migraciones. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, el fenómeno migratorio ha sido progresivamente secuestrado por narrativas que lo simplifican, lo distorsionan y lo manipulan. En lugar de comprender sus causas profundas o asumir nuestra responsabilidad colectiva, se ha optado por el miedo, la criminalización y la exclusión.

Las migraciones han pasado de ser una manifestación del derecho a buscar una vida digna, a convertirse en un campo de batalla ideológico donde los Estados y sus gobiernos, muchos de ellos democráticos, despliegan discursos y políticas que erosionan los derechos fundamentales. Se habla de fronteras seguras, de amenazas demográficas o de culturas en riesgo, mientras se ignora que detrás de cada migrante hay una historia humana, un rostro, una dignidad.

En este contexto, las políticas migratorias restrictivas no solo son una respuesta ineficaz, sino profundamente injusta. Encarcelamientos, deportaciones arbitrarias, separación de familias: son prácticas que deslegitiman al derecho como garante de la justicia. Tal como lo señalamos en reiteradas oportunidades, las políticas migratorias que se apoyan en la lógica amigo-enemigo alimentan una espiral de intolerancia que termina justificando lo injustificable.

No se trata de negar que los Estados tienen derecho a regular el ingreso a sus territorios. Pero ese derecho no puede ejercerse al margen del principio superior de la dignidad humana. Ninguna política será legítima si despoja al migrante de su condición de sujeto de derechos.

Por ello, he sostenido que el fenómeno migratorio exige una mirada interdisciplinaria. No basta con el derecho, ni con la economía, ni con la sociología. Se requiere un marco ético que reconozca la complejidad de las migraciones y que, al mismo tiempo, asuma su tratamiento como un deber moral. Proponemos una filosofía de las migraciones que articule justicia social, respeto a la identidad cultural, pluralismo, y sentido de responsabilidad humana.

Este será también el enfoque que compartiré en webinar “Migraciones y Derechos: nuevas rutas para la justicia”, promovido por Asesórate, donde hablaremos de la urgencia de abrir caminos de diálogo, hospitalidad y compromiso. Es posible, sin duda, construir marcos normativos que reconozcan las legítimas preocupaciones de los países receptores, sin sacrificar la vida, los derechos y la dignidad de quienes migran.

Como dijera Juan Pablo II, las causas que hoy impulsan a millones a abandonar sus hogares no son una fatalidad: son un desafío ético a nuestra conciencia colectiva. Y frente a ese desafío, el silencio no es opción.

 

Dr. Tulio Álvarez

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