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‘Social’ Categoría

En la encrucijada del siglo XXI, podemos decir, que la humanidad enfrenta desafíos que exigen respuestas audaces y transformadoras. La crisis climática, la desigualdad social y la precariedad energética reclaman una mirada ética sobre el modelo de desarrollo. En este contexto, la transición energética no es solo un imperativo ambiental, sino que representa una oportunidad sin precedentes para repensar el bienestar global desde la justicia social.

En el corazón de esta transformación se encuentran las energías alternativas, catalizadoras de un futuro donde la sostenibilidad y la equidad deben caminar de la mano. Históricamente, las comunidades más vulnerables han soportado la carga de la contaminación generada por los sistemas tradicionales de producción energética. Al mismo tiempo, millones de personas aún carecen de acceso básico a la energía, por lo que, la justicia social debe situarse en el centro del debate, considerándola como un derecho universal y no, como un privilegio. 

Las fuentes alternativas, solar, eólica, hidroeléctrica, geotérmica y biomasa sostenible nos ofrecen posibilidades concretas para romper con esos patrones de exclusión. Su capacidad para generar energía de forma descentralizada permite acercarla a quienes más la necesitan, reduciendo desigualdades territoriales y fortaleciendo la autonomía de las comunidades. Esto no es solo electrificación: es una mejora real en su calidad de vida.

Esta transición energética tiene, además, un impacto directo sobre la salud pública. Sustituye fuentes contaminantes por tecnologías limpias, lo que reduce las emisiones de gases tóxicos y partículas nocivas que afectan la salud respiratoria y cardiovascular. Respirar un aire más limpio no es solo una cuestión ambiental, es una inversión en salud y dignidad.

Creo profundamente que esta transformación también puede ser la base de una nueva economía, más justa e inclusiva. El sector de las nuevas energías alternativas está generando miles de empleos verdes: instaladores, técnicos, ingenieros, fabricantes. Para que esta ola de empleo sea verdaderamente equitativa, debemos garantizar que incluya a personas que hoy dependen de los combustibles fósiles, mediante formación y reconversión laboral. Una transición justa no deja a nadie atrás y contribuye a reducir las brechas sociales. La resiliencia también se fortalece al apostar por energías limpias. Al generar energía de forma local, reducimos la dependencia de cadenas globales y la exposición a crisis geopolíticas o económicas. Además, la inversión en infraestructuras renovables puede revitalizar territorios olvidados, generar cadenas de valor locales y fomentar la innovación desde lo comunitario.

Podemos concluir que la transición energética es mucho más que una transformación técnica, es una decisión ética. Apostar por las energías alternativas al servicio de la justicia social es una de las formas para construir un mundo más equitativo, resiliente y sostenible. Significa, colocar en el centro a las personas, sus derechos y sus territorios.

Dubraska Rodríguez

Agosto 2025

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La migración es un fenómeno inherente a la historia de la humanidad, que ha modelado culturas, economías y estructuras políticas. España, como otros países europeos, ha sido históricamente tanto emisora como receptora de migración. En las últimas décadas, la llegada de personas migrantes ha impulsado importantes transformaciones sociales y económicas.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024 los residentes extranjeros representaban el 16,6 % de la población, desempeñando un papel clave en el sostenimiento del mercado laboral y del sistema de pensiones. La OCDE (2025) indica que más del 25 % del crecimiento del empleo en los últimos dos años fue generado por población migrante, especialmente en sectores como hostelería, cuidados, construcción y agricultura. Desde 2022, el 45 % de los nuevos empleos fueron ocupados por migrantes, contribuyendo a un crecimiento económico del 3 % en 2024, muy por encima del promedio de la eurozona. El Banco de España ha señalado qué sin esta contribución, el crecimiento poblacional se habría estancado y el sistema de bienestar sería insostenible.

Este panorama refuerza la necesidad de situar las políticas migratorias como eje estratégico, no solo como respuesta a coyunturas de emergencia, sino como herramienta de planificación orientada al desarrollo económico, la cohesión social y la sostenibilidad democrática.

Algunos países han diseñado modelos eficaces que pueden servir de referencia. Canadá y Australia, por ejemplo, utilizan sistemas de puntos que priorizan la formación, la experiencia laboral y las necesidades del mercado. Estos modelos han mejorado la inserción laboral de personas migrantes cualificadas, han reducido el desempleo en esta población y elevado sus ingresos, con efectos positivos para la economía. También Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX, integró flujos migratorios masivos desde Europa como parte de su expansión industrial. Más recientemente, Alemania ha promovido la formación dual como vía para integrar a población migrante en sectores productivos clave.

Estas experiencias muestran que las políticas migratorias eficaces son aquellas que anticipan, planifican e incluyen. En contraste, modelos restrictivos han demostrado ser contraproducentes. Francia, con un enfoque más securitario en los últimos años, ha visto aumentar la exclusión social, la segregación y los discursos xenófobos. A nivel europeo, el enfoque centrado en el control fronterizo y la externalización de responsabilidades, como el sistema de Dublín, ha sobrecargado a países como España, Italia o Grecia sin garantizar una redistribución justa ni mecanismos de acogida eficaces.

En este marco, España necesita avanzar hacia un modelo migratorio planificado, justo y sostenible, basado en principios de inclusión, justicia social y corresponsabilidad. Se proponen cuatro líneas estratégicas: 1. Alinear la política migratoria con las necesidades del mercado laboral, previniendo tanto el déficit de mano de obra como la precarización de los migrantes. 2. Garantizar vías legales y seguras de entrada, reduciendo el poder de las redes de tráfico y promoviendo una migración ordenada. 3. Fortalecer programas de acogida e inclusión, con acceso a derechos, empleo digno, educación y vivienda. 4. Combatir la discriminación y los discursos de odio, a través de campañas de sensibilización y marcos normativos que promuevan una narrativa positiva sobre la contribución migrante.

Una política migratoria eficaz incide directamente en el crecimiento económico, la sostenibilidad del Estado de bienestar y la calidad democrática. No es un asunto marginal, sino un componente estructural del desarrollo nacional. Una migración bien gestionada representa una fuente de innovación, revitalización demográfica y enriquecimiento cultural.

Se hace imprescindible que España avance hacia una política de Estado concertada, con participación de los actores políticos e institucionales a todos los niveles. Paralelamente, es necesario impulsar una revisión crítica de los acuerdos migratorios en el seno de la Unión Europea, promoviendo un enfoque más solidario y corresponsable. Este esfuerzo es clave para prevenir fracturas sociales más complejas, como las que ya se observan en otros países del bloque.

Para cerrar, sugiero comprender las nuevas dinámicas migratorias a la luz de los cambios globales. La movilidad humana del siglo XXI responde a causas estructurales como desigualdad, conflicto, crisis climática o transformaciones demográficas que deben ser abordadas desde una perspectiva integral, humana y prospectiva. Apostar por una migración bien gestionada es apostar por una sociedad más cohesionada, justa y preparada para el futuro.

Dra. Elena Estaba Briceño

Agosto 2025

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Como profesora, consultora y formadora de generaciones, me pregunto: ¿cómo incorporar la IA, sin que nuestros estudiantes dejen de lado su capacidad de raciocino, de pensamiento lógico y del interés por investigar y leer?, ¿Cómo podemos enseñarlos a pensar en una era donde las máquinas ya responden por nosotros?

La inteligencia artificial ha llegado a la educación para quedarse. No podemos ignorarla ni temerle. Pero tampoco podemos permitir que sustituya el proceso más valioso de la enseñanza: el desarrollo del pensamiento crítico, del análisis, de la capacidad de razonar y decidir con fundamento. Nuestra labor como docentes no se limita a transmitir contenidos, sino a acompañar a los estudiantes en la construcción de criterios, autonomía y sentido.

Veo con preocupación cómo muchos estudiantes comienzan a usar la IA como atajo, sin comprenderla, sin cuestionarla. Y aquí está el verdadero desafío: no se trata de prohibir la IA, sino de enseñar a utilizarla bien. Que sepan cómo funciona, qué sesgos puede contener, cuándo es útil y cuándo no. Que aprendan a distinguir entre una respuesta automática y un razonamiento propio.

La IA puede ser una gran aliada si sabemos incorporarla con propósito. Pero el protagonismo debe seguir siendo el humano. Nuestra tarea no es competir con los algoritmos, sino enseñar lo que ninguna máquina puede replicar: la empatía, la creatividad, la lectura crítica del mundo.

La UNESCO lo dice con claridad: la IA debe complementar, no reemplazar, el trabajo de los docentes ni el desarrollo cognitivo de los estudiantes. Por eso insisto: la educación debe poner en el centro no la herramienta, sino el pensamiento; no el resultado inmediato, sino el proceso de aprender, equivocarse, preguntar y volver a intentar.

Desde Asesórate, quiero invitar a mis colegas, docentes, investigadores y formadores a abrir este debate con valentía. Educar en la era de la IA exige más que adaptarse, exige decidir cómo la usamos, para qué y al servicio de qué valores.

 

Prof. Rita Amelii

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La historia de la humanidad es, en buena parte, la historia de sus migraciones. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, el fenómeno migratorio ha sido progresivamente secuestrado por narrativas que lo simplifican, lo distorsionan y lo manipulan. En lugar de comprender sus causas profundas o asumir nuestra responsabilidad colectiva, se ha optado por el miedo, la criminalización y la exclusión.

Las migraciones han pasado de ser una manifestación del derecho a buscar una vida digna, a convertirse en un campo de batalla ideológico donde los Estados y sus gobiernos, muchos de ellos democráticos, despliegan discursos y políticas que erosionan los derechos fundamentales. Se habla de fronteras seguras, de amenazas demográficas o de culturas en riesgo, mientras se ignora que detrás de cada migrante hay una historia humana, un rostro, una dignidad.

En este contexto, las políticas migratorias restrictivas no solo son una respuesta ineficaz, sino profundamente injusta. Encarcelamientos, deportaciones arbitrarias, separación de familias: son prácticas que deslegitiman al derecho como garante de la justicia. Tal como lo señalamos en reiteradas oportunidades, las políticas migratorias que se apoyan en la lógica amigo-enemigo alimentan una espiral de intolerancia que termina justificando lo injustificable.

No se trata de negar que los Estados tienen derecho a regular el ingreso a sus territorios. Pero ese derecho no puede ejercerse al margen del principio superior de la dignidad humana. Ninguna política será legítima si despoja al migrante de su condición de sujeto de derechos.

Por ello, he sostenido que el fenómeno migratorio exige una mirada interdisciplinaria. No basta con el derecho, ni con la economía, ni con la sociología. Se requiere un marco ético que reconozca la complejidad de las migraciones y que, al mismo tiempo, asuma su tratamiento como un deber moral. Proponemos una filosofía de las migraciones que articule justicia social, respeto a la identidad cultural, pluralismo, y sentido de responsabilidad humana.

Este será también el enfoque que compartiré en webinar “Migraciones y Derechos: nuevas rutas para la justicia”, promovido por Asesórate, donde hablaremos de la urgencia de abrir caminos de diálogo, hospitalidad y compromiso. Es posible, sin duda, construir marcos normativos que reconozcan las legítimas preocupaciones de los países receptores, sin sacrificar la vida, los derechos y la dignidad de quienes migran.

Como dijera Juan Pablo II, las causas que hoy impulsan a millones a abandonar sus hogares no son una fatalidad: son un desafío ético a nuestra conciencia colectiva. Y frente a ese desafío, el silencio no es opción.

 

Dr. Tulio Álvarez

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No es posible recordarlo todo, tampoco olvidar por completo. Cada acto de recuerdo implica también un acto de olvido. Mientras esto sucede en el plano individual donde recordar es siempre una selección, consciente o no, también ocurre en el plano social. Así hablamos de memorias colectivas, como si los grupos humanos fueran capaces de recordar o de olvidar de manera unificada. Pero incluso quienes vivieron un mismo episodio, lado a lado, no lo recuerdan de forma idéntica. Sus memorias divergen, se fragmentan, se contradicen. Aun así, seguimos hablando de una “memoria social” como si fuera natural y homogénea, sin preguntarnos cómo funciona realmente.

El problema está en que tendemos a pensar la memoria social como una suma de memorias individuales. Pero esto no es así. La memoria social es moldeada. A menudo, inducida. El recuerdo colectivo no surge espontáneamente: es el resultado de múltiples operaciones de selección, repetición y silenciamiento. Estas operaciones no son neutras. Son ejercidas por instancias con poder: el Estado, los partidos, los sistemas escolares, las academias, los medios de comunicación, las religiones. Estos actores no solo nos proponen una versión del pasado: la instituyen. La convierten en oficial. Nos dicen qué debemos recordar y también y esto es fundamental qué debemos olvidar.

En el presente, estas dinámicas se intensifican. Con la digitalización masiva y la multiplicación de narrativas en redes sociales y medios globales, el control de las memorias ya no pasa únicamente por los textos escolares o las fechas patrias, sino por algoritmos, campañas comunicacionales, bots, etiquetas. Las memorias se viralizan o se desvanecen según decisiones estratégicas. El olvido se programa. La memoria se gestiona. En este contexto, la figura del historiador y de quien investiga el pasado se vuelve aún más vulnerable: su trabajo puede ser desmentido, manipulado o invisibilizado en segundos. La historia corre el riesgo de ser desplazada por la inmediatez del relato dominante.

Por eso es urgente estudiar las memorias sociales como construcciones que pueden ser manipuladas por el poder. Antes de hablar de “memoria colectiva”, debemos asegurarnos de que es lo que identifica a un determinado pueblo y preguntarnos: ¿quién recuerda?  ¿qué se está dejando fuera? ¿Hay manipulación posible en ese contexto y momento? Solo así podremos resistir a memorias prefabricadas y abrir paso a las memorias verdaderas y profundamente humanas.

 

Dra. Yara Altez

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La metodología de la investigación para la transformación social se distingue por un compromiso profundo y activo con la generación de cambios positivos y significativos en la sociedad. A diferencia de la investigación tradicional, que a menudo se centra en la comprensión teórica o la descripción de fenómenos, esta metodología prioriza la acción y la mejora tangible de las condiciones de vida de las personas y comunidades, especialmente aquellas en situaciones de vulnerabilidad.
Un principio fundamental es la participación activa de los actores sociales afectados por el problema investigado. Esto implica involucrarlos no solo como sujetos de estudio, sino como colaboradores esenciales en cada etapa del proceso, desde la definición inicial del problema hasta la implementación y evaluación de las soluciones propuestas. Se busca así crear un ambiente de colaboración horizontal, donde el conocimiento experto de los investigadores se complementa con la experiencia vivida de los participantes, enriqueciendo la comprensión del problema y aumentando la probabilidad de encontrar soluciones efectivas y sostenibles.
La reflexividad es otro pilar clave, que exige una autoevaluación constante del investigador sobre su rol, sus posibles sesgos y cómo su presencia puede influir en el proceso y los resultados de la investigación. Esta transparencia y honestidad intelectual son esenciales para garantizar la validez y la credibilidad de los hallazgos, así como para evitar la reproducción de dinámicas de poder desiguales entre el investigador y los participantes.
La orientación a la acción es lo que distingue fundamentalmente esta metodología. No se trata simplemente de generar conocimiento, sino de generar conocimiento útil para la toma de decisiones y la implementación de acciones concretas que contribuyan a la transformación social. Los resultados de la investigación deben traducirse en estrategias, políticas públicas o intervenciones sociales que tengan un impacto real en la vida de las personas, abordando las causas profundas de los problemas y promoviendo soluciones a largo plazo.
La justicia social es el horizonte ético que guía todo el proceso. La investigación se centra en identificar y abordar las desigualdades, la discriminación y la exclusión social, buscando empoderar a los grupos marginados y fortalecer su capacidad para defender sus derechos e intereses. Se busca generar conocimiento que sea relevante para la lucha contra la pobreza, la desigualdad de género, el racismo, la discriminación por orientación sexual y otras formas de injusticia social.
Para llevar a cabo esta investigación, se utilizan una variedad de métodos, como la investigación-acción participativa (IAP), que implica un ciclo continuo de reflexión, planificación, acción y evaluación en colaboración con los participantes; los estudios de caso, que analizan en profundidad situaciones específicas para comprender las dinámicas sociales complejas; la investigación cualitativa, que utiliza entrevistas, grupos focales y observación participante para comprender las perspectivas y experiencias de los participantes; y el análisis cuantitativo, que permite identificar patrones y tendencias en grandes conjuntos de datos.

 

 

Josefa Orfila

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La investigación no es solo una herramienta para entender el mundo: es una vía poderosa para transformarlo. A lo largo de mi experiencia, he comprobado que los datos, cuando se recogen de forma rigurosa y se interpretan con sensibilidad social, pueden abrir caminos inesperados, dar voz a lo invisible y generar soluciones concretas para los desafíos más urgentes de nuestras sociedades.
Pero investigar por investigar no basta. El conocimiento que no se traduce en acción corre el riesgo de convertirse en letra muerta. Por eso, creo en una investigación comprometida, situada, con raíces éticas y con vocación de incidencia. Por ello, necesitamos metodologías que no se detengan en el diagnóstico, sino que inspiren, movilicen y transformen. Metodologías que dialoguen con los territorios, que reconozcan los saberes comunitarios, que valoren las vivencias y que incluyan a las personas como protagonistas de los procesos de cambio.
La innovación social, en este contexto, no se trata únicamente de introducir tecnologías nuevas, sino de replantear nuestras formas de ver, escuchar y actuar. Innovar es atreverse a hacer preguntas incómodas, cuestionar modelos obsoletos y explorar caminos más colaborativos, empáticos y sostenibles. Es diseñar proyectos con impacto real, desde el rigor y la versatilidad metodológica, el pensamiento estratégico y una conexión genuina con la realidad que queremos mejorar.
En este enfoque, la investigación se convierte en un puente: entre el análisis crítico y la acción transformadora, entre los datos y las decisiones, entre los desafíos sociales y las políticas que los enfrentan. No se trata solo de obtener resultados, sino de hacer que esos resultados cuenten; que sirvan para incidir, para inspirar políticas públicas, para fortalecer redes comunitarias, para construir narrativas más justas e inclusivas.
En definitiva, investigamos no solo para comprender, sino para co-crear futuro. Para construir sociedades más justas, más solidarias, más conscientes. Y eso requiere no solo conocimiento, sino también pasión, escucha activa y un compromiso real con la sociedad.

 

Mony de Lourdes Vidal A.

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No es posible hablar de calidad en la vida que se tiene, individual o grupalmente, si no se goza del respeto a los derechos y garantías que corresponden a toda persona por el simple hecho de ser derechos naturales, es decir, que por su naturaleza corresponden a todo individuo que pertenezca a la especia humana.

El derecho a la vida, el derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho a la seguridad ciudadana y a la seguridad jurídica, el derecho al libre desenvolvimiento de la personalidad, el derecho a la igualdad ante la ley, el derecho a la libertad de expresión, a la libre información o a vivir en democracia, son ejemplos emblemáticos de temas en los cuales no se puede afirmar la existencia de calidad de vida en donde estos se encuentren conculcados.

La calidad de vida es un término que designa las condiciones en las que vive una persona con el único objetivo de buscar u obtener satisfacción integral. Para obtener calidad de vida hay que mantener necesidades básicas y oportunidades en nuestro lugar de asentamiento y en nuestro entorno social, dichas necesidades básicas abarcan, como hemos dicho anteriormente, desde nutrición y vivienda hasta seguridad personal.

Este tema de interés y actualidad tratado por nuestro consultor, Dr. Leonel Ferrer, forma parte de la línea de #investigación que adelanta #Asesórate

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En las últimas décadas, la educación superior se ha visto influenciada por una importante y creciente mediación tecnológica. Hoy con el impacto provocado por la pandemia, esta mediación se ha profundizado, con exigencias cada vez más focalizadas hacia la educación híbrida y a distancia, lo cual se aplica a un contexto mayor de personas y comunidades del ámbito educativo.

Sin perder el genuino interés por la noble y experimentada educación presencial, los retos actuales reclaman una educación híbrida con alta suficiencia para atender las necesidades presentes y futuras con alto nivel de efectividad. Por ello, se hace necesario conjugar esfuerzos en la creación y desarrollo de métodos de gestión educativa y tecnológica que tengan como base, la formación en el marco de una mejor calidad de vida y el aprovechamiento efectivo del potencial tecnológico.

Esto redunda en beneficio de la realización personal en los diversos ámbitos personales, familiares, profesionales y ciudadanos, para fomentar la calidad de vida en sentido inclusivo y global. Situación que amerita una visión educativa fortalecida en los ambientes híbridos (educación presencial y mixta) y virtuales, con opciones que no son del todo nuevas, pero si innovadoras en su desarrollo, gestión y resultados. Así se valoran los cambios de dirección, hacia distintos tipos de usuarios: estudiantes a tiempo completo, estudiantes jóvenes profesionales activos y comunidades de adultos mayores profesionales o no.

Se aspira a incorporar nuevas modalidades de formación virtual, frente a la conocida tendencia de educar para toda la vida (long learning), válida pero insuficiente, mediante la flexibilización curricular de las instituciones para la creación de modalidades cortas de formación híbrida, de alto impacto profesional. Para atender los requerimientos de la era digital, han surgido nuevos itinerarios de formación personalizados, con credenciales alternativas para certificar habilidades en el desarrollo de nuevas competencias, complementarias a las carreras convencionales.

A este esquema se adscriben las ofertas virtuales de titulación para personas adultas de cualquier edad y profesión, cuya calidad de vida puede ser mejorada desde la titulación no convencional. La educación híbrida y a distancia se vislumbra, entonces, en un contexto de interés y responsabilidad colectiva, de inclusión, solidaridad, equidad y colaboración. Cuenta para ello con un imponente potencial tecnológico que aún no está disponible para todos los grupos sociales como sería lo deseable.

Si quieres conocer más sobre este tema abordado por nuestra consultora PhD. Alejandra Fernández, te invitamos a contactarnos para conocer nuestro catálogo de cursos y servicios.

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Uno de los retos fundamentales de la educación superior que se hizo mas visible a raíz de la pandemia, es lograr superar la brecha digital, haciendo frente a los obstáculos económicos y a los diversos tipos de discriminación social que permitan disminuir el fenómeno de la exclusión.

Se trata, por un lado, de fortalecer espacios en diversos formatos y modos de participación para la reflexión y el diálogo entre personas y comunidades a nivel local y global. Y por el otro, de consolidar, dinamizar y ampliar la diversidad cultural en un ámbito académico permanentemente transformador (ONU, 2021b).

No solamente se ha de propiciar la adecuada formación y el logro de competencias, sino también de ampliar y consolidar el espacio de la investigación, la innovación, la transformación social y el uso del conocimiento más allá de las fronteras académicas. A esto se agrega la necesidad de que la educación sea efectivamente intercultural, de tal forma que la comunidad científica y en general la comunidad de aprendizaje sea cada vez más amplia y le dé cabida a los diversos sectores sociales, de modo tal que el conocimiento sea asumido como un bien común.

Otro de los retos es alcanzar un nivel equilibrado entre las ofertas y las necesidades individuales de formación. La personalización de la enseñanza ha de ser una tarea fundamental, pues se trata de una educación que debe estar diseñada a la medida de las necesidades del individuo y no sujeta rígidamente a los planes de formación que ofrecen las instituciones de educación superior. En este contexto, la transversalidad entre las disciplinas no puede estar guiada solamente por la opinión de los expertos; no es una experiencia de formación que se decreta a través de los programas de formación, sino que también ha de responder al desarrollo personal y social que supone la cada vez más compleja dimensión del conocimiento visto como una experiencia orgánica de inclusión (ONU, 2020b).

Este tema tratado por nuestra consultora Ana Beatriz Martínez, forma parte de algunas de las investigaciones que adelanta el equipo de #Asesórate.

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